¿Alguna vez pensáis que no sois suficiente? Yo siento que soy demasiado

Demasiado sensible, demasiado perceptiva, demasiado habladora, demasiado callada cuando me siento incómoda, demasiado ajena, demasiado poco sociable, demasiado estudiosa, demasiado preocupada, demasiado rara.

Cuando era muy, muy pequeña, deseaba que a mis padres les hubiera tocado una niña normal. Me tumbaba en la cama, acurrucada, miraba la pared, cerraba los ojos con fuerza y me preguntaba una y otra vez: ¿por qué no puedo ser normal? ¿por qué tienen que costarme las cosas más que a los otros niños? ¿por qué no podía tocarles una niña normal?

Pensaba en las fotos que tenía de niña, en brazos de mis padres, y me horrorizaba preguntándome en qué punto se había torcido, en qué punto me había vuelto un bicho raro; me preguntaba qué expectativas habrían tenido para mí y por qué yo no podía cumplirlas, si no costaba nada, si no era nada, solo tenía que ser normal.

Ahora no me suele pasar tanto, solo cuando estoy triste.

Pero es cierto que a veces se me hace difícil querer percibir menos, pensar menos, sentir menos. Todo sería más sencillo. Me digo a mí misma que para poder sentir con tanta intensidad los momentos bonitos, de algún modo tengo que ser capaz de soportar sentir con la misma intensidad aquellos que no lo son tanto.

Desearía poder no fijarme en los gestos de mala educación que tiene esa gente que no saluda, que pasa por la calle e ignora las manos tendidas, poder no ver las estrategias que tienen los demás para intentar agradar, intentar encajar, intentar aferrarse al concepto de ‘normal’ en el que, sinceramente, creo que nadie encaja realmente.

Desearía poder dejar de darles vueltas a las cosas, dejar de preguntarme cómo me ven los demás, y si ellos se preguntan como les veo yo a ellos, y si a ellos les importa, y si a la gente, en general, le importan una mierda las tragedias de los demás.

Desearía poder de sentir que me ahogo los días en que siento que no encajo en ninguna parte. Poder recordar, como en los días bonitos, que no nacemos siendo las piezas de un puzzle que tengan que encajar a la fuerza en una imagen predeterminada; que cambiamos para luchar por esa imagen, para cambiarla, para aportar nuestro granito de arena, nuestra gota a un océano infinito.

Pues puede que nuestras vidas no sean más que gotas en un océano infinito. Pero ¿qué es un océano, sino una multitud de gotas?

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Reto 1: La batalla contra el tiempo

Los relojes marcan el tiempo durante todo el año, pero existe un momento en el que reciben una atención especial. Para Adam, el tiempo era una jaula que lo convertía en preso de su propio destino, de su propio final.

Corría. La calle se extendía ante él repleta de gente, y la peor parte era que corría hacia ellos. Sabía que le quedaba poco tiempo: cuando el reloj diera las doce su piel empezaría a cambiar y el lobo en que se convertiría no recordaría nada del hombre que ahora luchaba por llegar a tiempo.

Pero no tenía tiempo de retroceder y buscar otro camino, necesitaba seguir adelante y atravesar la marabunta de gente que se aglutinaba con los rostros alzados al cielo, hacia el reloj. Llegó a la plaza y, sin disculparse ni sentirlo, empezó a empujar a la gente. Era de vital importancia que llegara a casa antes de que fuera tarde, antes de convertirse.

Empujó cuerpos y más cuerpos vestidos con lentejuelas, sedas y camisas bien planchadas; se abrió camino entre todos aquellos que, ataviados con extraños gorros, collares y con los rostros cubiertos para el ritual, sostenían copas repletas de algo sólido.

Despejada, esa plaza podía recorrerla en dos minutos; pero hoy llevaba diez y seguía sin haber llegado al centro, donde un desgastado dibujo en el suelo señalaba los puntos cardinales. Como saetas de un reloj. Se le acababan las opciones. El lobo que latía en su interior ya luchaba por salir. Como todas las noches, era un esclavo más del tiempo.

Llevaba en el bolsillo interior de su chaqueta un solo frasco con una cura. Si lo consumiera, terminaría con su maldición, terminaría con la luna, terminaría con su esclavitud para siempre. Pero lo reservaba para alguien más.

En casa, su hija Victoria, aguardaba sola. Él aceptaba estar maldito, se lo había ganado a pulso con años de espionaje y guerras perdidas. Pero ella no, su pequeña Victoria no. Tenía que darle el antídoto aquel día, a la víspera de sus dieciséis, antes de que perdiera el control para siempre.

Tropezó y cayó al suelo, rodando hacia un lado para proteger el frasco. A menudo imaginaba que la muerte tenía que ser algo así; estar corriendo sin poder llegar a tu destino y de repente caer fulminado; pero seguir sintiendo. Sentir el tiempo que pasa, sentir que no puedes hacer nada para ralentizarlo, para impedir que el momento llegue.

Mentiría si dijera que no había ansiado el final, perderse en sus sentidos de lobo para siempre. Sin embargo, con Victoria había venido su propósito y ese año, su último año como humano, necesitaba salvarla.

Pero era ya demasiado tarde. Su cuerpo empezó a cambiar con la primera campanada. Nadie parecía percibirlo, estaban ocupados mirando al reloj del que ellos también eran esclavos. Uva tras uva, los asistentes a ese ritual se despidieron del año que había concluido y Adam, se despidió de su humanidad y de su hija.

El antídoto no llegó a tiempo. Unas casas más allá de la plaza, en una habitación sin relojes, con la ventana abierta mostrando la luna, Victoria perdió la batalla contra el tiempo.

No ayudéis mas en casa

Hoy vengo a pediros solemnemente que no ayudéis más en casa. Eso de ayudar a la encargada de lo doméstico por excelencia que es la esposa y a menudo también madre os pido que dejéis de hacerlo. No está bien, sinceramente, y me parece hasta reprobable.

Porque eso no es ayudar.

Ayudar es cuando tu compañero de trabajo termina un informe por ti en la oficina; ayudar es cuando tu compañera te ayuda a cargar unas cajas al camión en el almacén en el que te ganas un sueldo. Ayudar, lectores, es cuando haces algo que no es lo que te corresponde hacer para aliviar la carga de trabajo que sí corresponde a otra persona.

Y limpiar la casa, poner lavadoras, planchar la ropa, cocinar, ir a hacer la compra, hacer las camas, fregar los platos, tender la ropa, cuidar de los niños, ancianos y otras personas con dependencia de algún tipo NO ES EL TRABAJO DE MAMÁ.

NO estáis ayudando. NO merecéis un premio, una paga extra, una felicitación ni una palmadita en la espalda por ayudar a mantener habitable el sitio en el que vivís.

Dejemos de actuar todos como si correspondiera a otra persona encargarnos de a veces, nuestro propio mantenimiento. Creo que, sinceramente, debería darle vergüenza a mucha gente no saber prepararse la comida o lavarse y plancharse correctamente la ropa. Pero más vergüenza debería darles actuar como si eso no fuera con ellos, como si las lavadoras, las cocinas y demás tareas domésticas fueran algo ajeno, algo de mujeres.

Así que por favor (y ni siquiera debería pedirlo por favor) DEJAD DE AYUDAR en casa y empezad a hacer lo que os corresponde por vivir en ella.

A los introvertidos

Para que los extrovertidos os hagáis una idea:

Lista de cosas que a los introvertidos nos parecen saltar al vacío

  • Hablar con un desconocido
  • Enseñar algo que has escrito, pintado, dibujado, creado, es decir, enseñar una pequeña parte de ti
  • Hablar por teléfono
  • Ir a un sitio por primera vez: primer día de clase, de prácticas, de trabajo, del curso de lectura, lo que sea
  • Bailar
  • Hablar en público
  • Cantar delante de alguien
  • Hablar con dependientes en según qué circunstancias
  • Una fiesta ya es como lanzarse por un acantilado

Y podría seguir, pero hacer una listar interminable no es mi intención. Mi intención es simplemente hacer reflexionar.

Existe mucha presión social, valga la redundancia, para ser ‘sociable’; está valorado y recompensado de mil formas. Se espera de ti que tengas muchos amigos, vayas a muchas fiestas y te guste hacer ese tipo de cosas más que leer un libro sentado en casa, junto a la ventana.

Muchos introvertidos, con tal de encajar, intentan esforzarse y hacer ese tipo de cosas a pesar de que, dependiendo del grado de introversión, les puedan generar ANSIEDAD. Y no, no es una exageración. Si aceptas que, tal y como has nacido con el cabello castaño, has nacido introvertido y ese tipo de cosas no te van, el rechazo social puede ser muy grande, y hacer que te sientas menos válido, inadaptado, un bicho raro, alguien a quien le pasa algo malo.

Y no es así.

Hay muchos introvertidos que se levantan cada mañana y llevan a cabo su propia lucha personal contra sí mismos y contra el mundo para salir ahí fuera y hacer cosas que les dan miedo, y lidian con la preocupación del ‘qué dirán’, ‘qué pensarán de mí’; y esos actos de valentía son silenciados, nadie que no sea también introvertido parece percibirlos o valorarlos.

Cuando hablo de saltar al vacío, me refiero literalmente a eso; una sensación de irrealidad, como si flotaras, como si cayeras en paracaídas. Y, no me malinterpretéis, hay cosas que, tal y como saltar en paracaídas, nos dan miedo, pero queremos hacerlas, nos gusta hacerlas.

Este post no es para cambiar mentalidades, sé que eso es muy difícil; solo pretendo pedir un poco de comprensión.

Generalmente, los niños o niñas ya son introvertidos o introvertidas de muy peques; y forzar a un niño o niña introvertido o introvertida a hacer algo que a uno extrovertido le resulta fácil puede que le parezca que le estáis empujando desde lo alto de un precipicio. Así que sed observadores ¡audaces! Fijaos, escuchad, sed comprensivos; porque mostrando apoyo podéis facilitarles mucho las cosas.

Nada de presión, comprensión a tope y apoyo y ánimos porque esas pequeñas personitas están librando batallas que nadie puede imaginar.

¡Mucho ánimo a todos los introvertidos! ¡No estáis solos! ¡Seguid luchando porque merece la pena!

Wonder Woman

Ayer vi la esperada película de Diana Prince, una heroína cuyos toques de inocencia y cuya valentía me inspiraron enormemente. Pero esto no es una crítica a la película, ni una recomendación, es una pequeña reflexión sobre le mensaje que transmite.

Porque sin saberlo, Wonder Woman respondió a una pregunta que yo llevaba un tiempo haciéndome, pero que no era capaz de formular ¿por qué?

Cuando llegué a Barcelona, me bastaba con un paseo por el parque para recuperar la fe en la humanidad, la motivación en mi carrera. Terminara o no siendo policía, mi intención era, es, y ha sido desde hace ya un tiempo ayudar a los demás; y pasear por el parque, repleto de almas disfrutando del verde en medio de edificios de ladrillo y cristal era suficiente motivación para mí.

Pensaba, por desanimada que estuviera: tienes que seguir adelante, para poder aportar un granito de arena a que el mundo sea un lugar seguro, para que este pedacito de cielo siga existiendo, para que estas personas sigan siendo así de felices.

Pero aquella era una visión simplista e inocente de la realidad, y resulta que, cuando uno está deprimido, se fija mucho más en los detalles tristes. En segundo de carrera, el parque ya no me bastaba. Porque ¿qué pasaba con la gente que no tenía un lugar donde dormir? ¿que no tenían qué comer? ¿que no podían llegar a un país seguro huyendo de una guerra que ellos no habían provocado? ¿y qué pasaba con todos aquellos que no podían disfrutar de ese pequeño paraíso porque sus contratos no se lo permitían, porque sus obligaciones los ataban?

¿Era aquel mundo el que yo pretendía salvar, el que pretendía ayudar a mantener formándome para pasar a ser parte de una estructura que no parece avanzar hacia una meta clara?

Y no había sabido responder. Pensaba: no, no quiero salvarlo, quiero cambiarlo, pero ahora he alcanzado un punto de equilibrio: quiero que el mundo sea un lugar mejor mientras yo, y todos los incomprendidos, luchamos para cambiarlo, pero, como transmiten Steve y Diana en la película, no porque todos lo merezcan: sino porque es aquello en lo que yo creo.

De porcelana a acero puro

Para M,

Érase una vez una chica de porcelana que vivía en una casa de algodón. Esa pequeña jaula a la que llamaba hogar estaba formada por todas aquellas cosas que le hacían sentir bien: libros, pinturas, mensajes que la animaban a seguir, música, y una ventana desde la que podía ver sin necesidad de levantarse las copas de los árboles, el cielo azul.

Apartados quedaban de su vista los edificios grises, las calles sucias, la transitada carretera repleta de coches viejos, cargados de gente cansada, descargando contaminación, ruido, y la terrible sensación de ir siempre corriendo de aquí para allá.

Ese pequeño paraíso era bello, pero era también una trampa.

La chica podría haberse quedado allí para siempre, viendo siempre la parte más bonita del Cielo, con las gaviotas yendo y viniendo desde la orilla del mar, el verdor de las hojas, el radiante amanecer, pero la belleza de ese espejismo no consiguió engañarla.

Cada día se levantaba, miraba sin prestar mucha atención sus libros, apartaba sus pinturas, leía de refilón esos mensajes positivos, y se llevaba algo de su música escaleras abajo, a ese mundo gris, sucio, transitado, cargado de gente cansada, lleno de ruido y que le daba la terrible sensación de ir siempre corriendo de aquí para allá.

Y así es como la chica de  porcelana se rompió mil veces, se quebró, se fundió, se hizo pedazos; y ella volvía a su casita de algodón y contemplaba su imagen rota en el espejo, y lloraba sola entre unos libros que cerrados no podían ayudarla, mensajes en los que ya no estaba segura de creer, música que ya no le agradaba.

Pero seguía levantándose, cada día, abandonando el paraíso para enfrentarse al mundo terrenal.

Y así es como la chica cambió, de porcelana a marfil a acero puro.

El amor nos hace libres

El amor nos hace libres y si no, no es amor.

Una aprende con los años a diferenciar entre lo que nos han enseñado que es el amor (dependencia, abnegación, entrega) y lo que realmente debería ser, pero es duro. Últimamente, en parte por el tema de mi TFG, pienso bastante en ello. En uno de los artículos que revisé, los investigadores encontraron que los adolescentes tenían unas muy fuertes creencias en los mitos del amor, pero no os equivoquéis, los adolescentes no son idiotas, no son así porque sí; y si tú alguna vez creíste en el amor de esa forma, tampoco puedes culparte.

Culpa a todos esos libros, películas y canciones que hablan de sacrificio, que plantean el amor como el único destino posible, que hablan del dolor como si fuera algo bonito, natural en una relación. Todos hemos creído en ello alguna vez y, por desgracia, algunos hemos actuado en consecuencia, haciéndonos daño a nosotros mismos y a la persona a la que creíamos estar queriendo ‘bien’.

Por supuesto, no soy quién para decir qué clase de amor es bueno, qué clase de amor es ‘malo’, solo puedo hablar de mi experiencia; pero quiero criticar un poco, sí ¿por qué no?

Porque nos han enseñado que la historia del chico del tranvía es bonita; nos han enseñado a esperar por amor, pasivamente; o a darlo todo por eso; nos han enseñado que amar es destruir, que quien bien te quiere te hará llorar, que los celos son algo común, normal, bonito; que el amor lo puede todo.

Y es normal que creyendo eso, habiendo sido criados en esas ideas, nos hagamos tanto daño. Nadie nos da pistas de nada, nadie nos explica la verdad. Y la verdad es que el amor es complicado; pero nuestra única referencia a los quince años son las películas, los libros que hemos leído, las canciones que escuchamos, y nos hacemos daño.

Por suerte, salvo Romeo y Julieta, se puede superar el amor romántico, se puede crecer, aprender de las experiencias, se puede entender que el amor no tiene nada que ver con ‘tener’, y que el amor no tiene por qué tener nada de egoísta.

Para mí, el amor es libertad. Amar y ser amado proporciona seguridad, bienestar, es tener a alguien a tu lado que igual se lanza contigo a la aventura, que igual salta contigo o que igual permanece donde está, o se sube a otro barco, o escoge otro camino; pero que siempre estará allí.

El amor no es pertenecerle a alguien, es viajar con alguien, y eso es todo lo que opino sobre el amor.

Yo creo en el arte

Sí, yo creo en el arte. Tal vez por eso, de todo y sobre todo necesito siempre escribir. De lo bueno, de lo malo, de las cosas que me dan miedo. Tal vez por eso siempre estoy cantando, dibujando en el margen de la hoja. Tal vez por eso todos necesitamos a veces que un poema, una canción, una película, nos salve el día y nos recuerde por qué luchamos.

Hoy estaba triste hasta que lo he recordado.

No dejaba de preguntarme (cómo todos, a veces) por el sentido de lo que hago, de lo que hacemos (sí, las chicas con capa también dudamos a veces: ¿quiénes somos? ¿qué hacemos aquí? ¿hacia dónde vamos? ¿vale realmente la pena?) Y entonces he empezado a recordar todos los mensajes que me han ayudado a seguir: que los océanos están formados por una multitud de gotas, que nos movemos juntos, que la sonrisa es el mayor acto de rebelión, que escribir es la forma más bonita de gritar, que todo es arte.

Somos arte.

Nuestros gestos, la forma en que nos levantamos todos los días escribe nuestra historia. Nuestros actos, nuestras decisiones. Cada instante en el que pensamos en rendimos y no lo hacemos. Todas las veces que, muertos de miedo, saltamos al vacío. Todas las veces que seguimos adelante son arte, y una pequeña rebelión.

Y eso me ha devuelto hoy la fe: pensar en la belleza de cada persona, pensar en que hay miles de personas ahí fuera luchando, rebelándose, creando arte, siendo arte. Yo soy una de ellos, una de los miles que tal vez no tiene idea de a dónde se dirige, o de si saldrá el Sol mañana, pero que sigue adelante.

Si algún día estás perdido en este mundo tan grande, a veces tan feo, a veces tan confuso, te encontrarás en el arte, como si descubrieras tu reflejo en un charco después de la tormenta.

Si alguien busca todavía un sentido a esta locura a la que llamamos vidas, por favor ¡que alguien se lo recuerde! El arte es el sentido.

El arte es mi forma de vida.

Un mundo en un rincón

Hay sitios que viven y respiran palabras. Hoy he estado en uno de ellos. No puedo revelaros aún su nombre, pero pronto oiréis hablar de él. Es un rincón de la ciudad, como tantos otros, pero estimo injusta tal palabra: no es un rincón, es un mundo.

Precisamente hoy me han dicho que he encontrado mi lugar en el mundo, y tal vez tengan razón. Pero me niego a pensar que es un rincón ¡no se parece nada a un rincón! es más bien una esfera en expansión, como el mismo universo. Si, mi rincón es un mundo en sí mismo; existe un mundo en un rincón, y crece, crece a toda velocidad.

Cada persona que conozco, cada canción nueva que escucho, cada libro que leo, cada poema que me encuentra, cada color que descubro es un mundo ¿cómo iba, pues, a ser mi mundo un rincón?

Gracias, mundo, por expandirte tan rápido. A veces, lo admito, no tengo tiempo de admirar todas las estrellas a mi alrededor, de apreciar todos esos pequeños puntitos brillantes que me cuidan en la distancia, pero sé que están ahí y eso es lo importante.

Hoy, mi mundo se ha hecho un poco más grande. Gracias, casualidad, por traer a mi vida personas que son, viven y respiran palabras; espero que cuando yo me haya ido mis palabras le den la vida a otros, pues somos, vivimos, y respiramos palabras.

Espero leeros a todos pronto.

Con grandísimo cariño,

Charlie

Estimada Carla,

Creo que es hora de que te sinceres un poco contigo misma ¿no? Has leído mil veces esa frase de que primero tienes que estar bien tú, si deseas ayudar a los demás, que no se puede sacar de algo vacío, y sin embargo, te cuidas mucho menos de lo que deberías.

Puedes intuir ya tus límites, sabes lo cansada que puedes llegar a estar si no duermes bien, o que de vez en cuando simplemente necesitas desconectar. A veces, sientes que te regalas a ti misma momentos: detalles con amigos, una llamada, un rato de lectura, un paseo, una merienda en un café agradable, pero sigues siendo la persona con la que eres más exigente, más cruel.

Creo que es hora de que empieces a ver que no pasa nada por no ser perfecta, y que a veces no puedes llegar a todo, ni estar por todos, y que te perdones por ello. De lo contrario, seguirás estando así de cansada.

Pide ayuda cuando la necesites, pero recuerda que gran parte de las veces, la única que puede ayudarte eres tú misma. Tú sabes cuándo puedes aguantar un poco más y cuando tienes que dejarlo estar, cuántas horas has dormido, si has comido bien o no, el tiempo que has pasado dedicándolo enteramente a ti misma, que siempre es poco.

Deja de vivir por los demás porque algún día ellos no estarán, pero tú sí, y no querrás estar vacía cuando eso ocurra.

Cuídate, porque ¿quién puede hacerlo mejor que tú? Esas veces en que piensas que una persona necesita una carta, necesita un momento, necesita una canción, y le dedicas tu tiempo para intentar animarla ¿por qué no le dedicas ni la mitad de ese tiempo cuando se trata de ti?

Has aprendido a decir que no, pero debes decírtelo también a ti misma. Puedes organizarte, puedes cuidarte más, puedes estar mejor, yo sé que puedes, pero depende de ti. Deja de retrasarlo por hacer felices a otros, ellos pueden lograrlo sin ti, pero tú no.

Te necesitas. Es hora de que empieces a estar ahí. El resto del mundo seguirá girando sin ti, te lo prometo.

Con mucho cariño,