Casualidades

Todos, alguna vez, nos hacemos la pregunta: ¿y si…? ¿y si hubiera nacido en otra ciudad? ¿y si hubiera conocido a otras personas? ¿y si hubiera escogido esta universidad, o la otra? Algunas veces, soñamos con las posibilidades, imaginándonos como héroes; otras veces, tememos haber escogido algo distinto a lo que decidimos en su momento, porque eso nos apartaría de la gente que tenemos ahora en nuestro lado.

Pero lo cierto es que no se trata de lo que ocurra, sino de la forma en que lo miras. A veces pasan cosas malas, y el jardín que es tu alma se inunda, y crees que todo lo que eras ha muerto, todo flores ahogadas y brotes secos; pero en los charcos se ve el cielo arriba, y los brotes verdes crecen, fuertes y valientes.

Lo cierto es que la tormenta termina, y puedes pensar que tuviste mala suerte, por haberla sufrido, o creer que has tenido buena suerte, por haberla superado. Y puedes escoger cuidar los nuevos brotes o lamentarte por las flores que se ahogaron.

No, no creo en las casualidades.

Tampoco creo en la suerte: la suerte es poder creer que algo bueno pasará, que otra oportunidad espera a la vuelta de la esquina, y que las flores vuelven a crecer. Y yo me siento muy afortunada ahora mismo. Así que reflexiona, lector, y quédate con todo lo bueno, y sobre todo, sonríe: es la mayor forma de rebelión.

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Merecedores

Patroclo nació siendo príncipe, pero nadie, nunca, lo trató como tal. Ni siquiera su padre, ni siquiera su madre. Los otros niños lo trataban con burla y desprecio y un día, defendiéndose, cometió el peor de los delitos al matar a otro chico de su edad. Fue sin dolo, sin mala intención, era un niño pequeño que simplemente se defendía, y al empujar al abusón, éste fue a caer con tan mala fortuna que se golpeó la cabeza con una piedra y falleció al instante.

Por este terrible crimen, Patroclo fue expulsado de su hogar y enviado al de Aquiles, que era todo lo contrario a él: más bonito, más fuerte, más valiente, todo un príncipe, el hijo de una ninfa y un mortal, destinado a la gloria, condenado a convertirse en el mejor guerrero de su generación.

Hoy me estaba preguntando si fue el amor de Aquiles lo que hizo que Patroclo se quisiera a sí mismo. Si fue la forma en que éste lo trataba, con gentileza, con amabilidad, y, sobre todo, como si mereciera ser querido y dichoso, lo que convirtió a un niño triste y desterrado en un joven bueno y valiente, dispuesto a luchar y morir por amor.

Espero que Patroclo se perdonara a sí mismo lo que otros no pudieron perdonarle. Espero que se aceptara, que se amara y, sobre todo, que se creyera merecedor de las cosas buenas que le pasaban.