Reto 1: La batalla contra el tiempo

Los relojes marcan el tiempo durante todo el año, pero existe un momento en el que reciben una atención especial. Para Adam, el tiempo era una jaula que lo convertía en preso de su propio destino, de su propio final.

Corría. La calle se extendía ante él repleta de gente, y la peor parte era que corría hacia ellos. Sabía que le quedaba poco tiempo: cuando el reloj diera las doce su piel empezaría a cambiar y el lobo en que se convertiría no recordaría nada del hombre que ahora luchaba por llegar a tiempo.

Pero no tenía tiempo de retroceder y buscar otro camino, necesitaba seguir adelante y atravesar la marabunta de gente que se aglutinaba con los rostros alzados al cielo, hacia el reloj. Llegó a la plaza y, sin disculparse ni sentirlo, empezó a empujar a la gente. Era de vital importancia que llegara a casa antes de que fuera tarde, antes de convertirse.

Empujó cuerpos y más cuerpos vestidos con lentejuelas, sedas y camisas bien planchadas; se abrió camino entre todos aquellos que, ataviados con extraños gorros, collares y con los rostros cubiertos para el ritual, sostenían copas repletas de algo sólido.

Despejada, esa plaza podía recorrerla en dos minutos; pero hoy llevaba diez y seguía sin haber llegado al centro, donde un desgastado dibujo en el suelo señalaba los puntos cardinales. Como saetas de un reloj. Se le acababan las opciones. El lobo que latía en su interior ya luchaba por salir. Como todas las noches, era un esclavo más del tiempo.

Llevaba en el bolsillo interior de su chaqueta un solo frasco con una cura. Si lo consumiera, terminaría con su maldición, terminaría con la luna, terminaría con su esclavitud para siempre. Pero lo reservaba para alguien más.

En casa, su hija Victoria, aguardaba sola. Él aceptaba estar maldito, se lo había ganado a pulso con años de espionaje y guerras perdidas. Pero ella no, su pequeña Victoria no. Tenía que darle el antídoto aquel día, a la víspera de sus dieciséis, antes de que perdiera el control para siempre.

Tropezó y cayó al suelo, rodando hacia un lado para proteger el frasco. A menudo imaginaba que la muerte tenía que ser algo así; estar corriendo sin poder llegar a tu destino y de repente caer fulminado; pero seguir sintiendo. Sentir el tiempo que pasa, sentir que no puedes hacer nada para ralentizarlo, para impedir que el momento llegue.

Mentiría si dijera que no había ansiado el final, perderse en sus sentidos de lobo para siempre. Sin embargo, con Victoria había venido su propósito y ese año, su último año como humano, necesitaba salvarla.

Pero era ya demasiado tarde. Su cuerpo empezó a cambiar con la primera campanada. Nadie parecía percibirlo, estaban ocupados mirando al reloj del que ellos también eran esclavos. Uva tras uva, los asistentes a ese ritual se despidieron del año que había concluido y Adam, se despidió de su humanidad y de su hija.

El antídoto no llegó a tiempo. Unas casas más allá de la plaza, en una habitación sin relojes, con la ventana abierta mostrando la luna, Victoria perdió la batalla contra el tiempo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s