¿Alguna vez pensáis que no sois suficiente? Yo siento que soy demasiado

Demasiado sensible, demasiado perceptiva, demasiado habladora, demasiado callada cuando me siento incómoda, demasiado ajena, demasiado poco sociable, demasiado estudiosa, demasiado preocupada, demasiado rara.

Cuando era muy, muy pequeña, deseaba que a mis padres les hubiera tocado una niña normal. Me tumbaba en la cama, acurrucada, miraba la pared, cerraba los ojos con fuerza y me preguntaba una y otra vez: ¿por qué no puedo ser normal? ¿por qué tienen que costarme las cosas más que a los otros niños? ¿por qué no podía tocarles una niña normal?

Pensaba en las fotos que tenía de niña, en brazos de mis padres, y me horrorizaba preguntándome en qué punto se había torcido, en qué punto me había vuelto un bicho raro; me preguntaba qué expectativas habrían tenido para mí y por qué yo no podía cumplirlas, si no costaba nada, si no era nada, solo tenía que ser normal.

Ahora no me suele pasar tanto, solo cuando estoy triste.

Pero es cierto que a veces se me hace difícil querer percibir menos, pensar menos, sentir menos. Todo sería más sencillo. Me digo a mí misma que para poder sentir con tanta intensidad los momentos bonitos, de algún modo tengo que ser capaz de soportar sentir con la misma intensidad aquellos que no lo son tanto.

Desearía poder no fijarme en los gestos de mala educación que tiene esa gente que no saluda, que pasa por la calle e ignora las manos tendidas, poder no ver las estrategias que tienen los demás para intentar agradar, intentar encajar, intentar aferrarse al concepto de ‘normal’ en el que, sinceramente, creo que nadie encaja realmente.

Desearía poder dejar de darles vueltas a las cosas, dejar de preguntarme cómo me ven los demás, y si ellos se preguntan como les veo yo a ellos, y si a ellos les importa, y si a la gente, en general, le importan una mierda las tragedias de los demás.

Desearía poder de sentir que me ahogo los días en que siento que no encajo en ninguna parte. Poder recordar, como en los días bonitos, que no nacemos siendo las piezas de un puzzle que tengan que encajar a la fuerza en una imagen predeterminada; que cambiamos para luchar por esa imagen, para cambiarla, para aportar nuestro granito de arena, nuestra gota a un océano infinito.

Pues puede que nuestras vidas no sean más que gotas en un océano infinito. Pero ¿qué es un océano, sino una multitud de gotas?

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