Wonder Woman

Ayer vi la esperada película de Diana Prince, una heroína cuyos toques de inocencia y cuya valentía me inspiraron enormemente. Pero esto no es una crítica a la película, ni una recomendación, es una pequeña reflexión sobre le mensaje que transmite.

Porque sin saberlo, Wonder Woman respondió a una pregunta que yo llevaba un tiempo haciéndome, pero que no era capaz de formular ¿por qué?

Cuando llegué a Barcelona, me bastaba con un paseo por el parque para recuperar la fe en la humanidad, la motivación en mi carrera. Terminara o no siendo policía, mi intención era, es, y ha sido desde hace ya un tiempo ayudar a los demás; y pasear por el parque, repleto de almas disfrutando del verde en medio de edificios de ladrillo y cristal era suficiente motivación para mí.

Pensaba, por desanimada que estuviera: tienes que seguir adelante, para poder aportar un granito de arena a que el mundo sea un lugar seguro, para que este pedacito de cielo siga existiendo, para que estas personas sigan siendo así de felices.

Pero aquella era una visión simplista e inocente de la realidad, y resulta que, cuando uno está deprimido, se fija mucho más en los detalles tristes. En segundo de carrera, el parque ya no me bastaba. Porque ¿qué pasaba con la gente que no tenía un lugar donde dormir? ¿que no tenían qué comer? ¿que no podían llegar a un país seguro huyendo de una guerra que ellos no habían provocado? ¿y qué pasaba con todos aquellos que no podían disfrutar de ese pequeño paraíso porque sus contratos no se lo permitían, porque sus obligaciones los ataban?

¿Era aquel mundo el que yo pretendía salvar, el que pretendía ayudar a mantener formándome para pasar a ser parte de una estructura que no parece avanzar hacia una meta clara?

Y no había sabido responder. Pensaba: no, no quiero salvarlo, quiero cambiarlo, pero ahora he alcanzado un punto de equilibrio: quiero que el mundo sea un lugar mejor mientras yo, y todos los incomprendidos, luchamos para cambiarlo, pero, como transmiten Steve y Diana en la película, no porque todos lo merezcan: sino porque es aquello en lo que yo creo.

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Yo creo en el arte

Sí, yo creo en el arte. Tal vez por eso, de todo y sobre todo necesito siempre escribir. De lo bueno, de lo malo, de las cosas que me dan miedo. Tal vez por eso siempre estoy cantando, dibujando en el margen de la hoja. Tal vez por eso todos necesitamos a veces que un poema, una canción, una película, nos salve el día y nos recuerde por qué luchamos.

Hoy estaba triste hasta que lo he recordado.

No dejaba de preguntarme (cómo todos, a veces) por el sentido de lo que hago, de lo que hacemos (sí, las chicas con capa también dudamos a veces: ¿quiénes somos? ¿qué hacemos aquí? ¿hacia dónde vamos? ¿vale realmente la pena?) Y entonces he empezado a recordar todos los mensajes que me han ayudado a seguir: que los océanos están formados por una multitud de gotas, que nos movemos juntos, que la sonrisa es el mayor acto de rebelión, que escribir es la forma más bonita de gritar, que todo es arte.

Somos arte.

Nuestros gestos, la forma en que nos levantamos todos los días escribe nuestra historia. Nuestros actos, nuestras decisiones. Cada instante en el que pensamos en rendimos y no lo hacemos. Todas las veces que, muertos de miedo, saltamos al vacío. Todas las veces que seguimos adelante son arte, y una pequeña rebelión.

Y eso me ha devuelto hoy la fe: pensar en la belleza de cada persona, pensar en que hay miles de personas ahí fuera luchando, rebelándose, creando arte, siendo arte. Yo soy una de ellos, una de los miles que tal vez no tiene idea de a dónde se dirige, o de si saldrá el Sol mañana, pero que sigue adelante.

Si algún día estás perdido en este mundo tan grande, a veces tan feo, a veces tan confuso, te encontrarás en el arte, como si descubrieras tu reflejo en un charco después de la tormenta.

Si alguien busca todavía un sentido a esta locura a la que llamamos vidas, por favor ¡que alguien se lo recuerde! El arte es el sentido.

El arte es mi forma de vida.

Un mundo en un rincón

Hay sitios que viven y respiran palabras. Hoy he estado en uno de ellos. No puedo revelaros aún su nombre, pero pronto oiréis hablar de él. Es un rincón de la ciudad, como tantos otros, pero estimo injusta tal palabra: no es un rincón, es un mundo.

Precisamente hoy me han dicho que he encontrado mi lugar en el mundo, y tal vez tengan razón. Pero me niego a pensar que es un rincón ¡no se parece nada a un rincón! es más bien una esfera en expansión, como el mismo universo. Si, mi rincón es un mundo en sí mismo; existe un mundo en un rincón, y crece, crece a toda velocidad.

Cada persona que conozco, cada canción nueva que escucho, cada libro que leo, cada poema que me encuentra, cada color que descubro es un mundo ¿cómo iba, pues, a ser mi mundo un rincón?

Gracias, mundo, por expandirte tan rápido. A veces, lo admito, no tengo tiempo de admirar todas las estrellas a mi alrededor, de apreciar todos esos pequeños puntitos brillantes que me cuidan en la distancia, pero sé que están ahí y eso es lo importante.

Hoy, mi mundo se ha hecho un poco más grande. Gracias, casualidad, por traer a mi vida personas que son, viven y respiran palabras; espero que cuando yo me haya ido mis palabras le den la vida a otros, pues somos, vivimos, y respiramos palabras.

Espero leeros a todos pronto.

Con grandísimo cariño,

Charlie

Casualidades

Todos, alguna vez, nos hacemos la pregunta: ¿y si…? ¿y si hubiera nacido en otra ciudad? ¿y si hubiera conocido a otras personas? ¿y si hubiera escogido esta universidad, o la otra? Algunas veces, soñamos con las posibilidades, imaginándonos como héroes; otras veces, tememos haber escogido algo distinto a lo que decidimos en su momento, porque eso nos apartaría de la gente que tenemos ahora en nuestro lado.

Pero lo cierto es que no se trata de lo que ocurra, sino de la forma en que lo miras. A veces pasan cosas malas, y el jardín que es tu alma se inunda, y crees que todo lo que eras ha muerto, todo flores ahogadas y brotes secos; pero en los charcos se ve el cielo arriba, y los brotes verdes crecen, fuertes y valientes.

Lo cierto es que la tormenta termina, y puedes pensar que tuviste mala suerte, por haberla sufrido, o creer que has tenido buena suerte, por haberla superado. Y puedes escoger cuidar los nuevos brotes o lamentarte por las flores que se ahogaron.

No, no creo en las casualidades.

Tampoco creo en la suerte: la suerte es poder creer que algo bueno pasará, que otra oportunidad espera a la vuelta de la esquina, y que las flores vuelven a crecer. Y yo me siento muy afortunada ahora mismo. Así que reflexiona, lector, y quédate con todo lo bueno, y sobre todo, sonríe: es la mayor forma de rebelión.

Merecedores

Patroclo nació siendo príncipe, pero nadie, nunca, lo trató como tal. Ni siquiera su padre, ni siquiera su madre. Los otros niños lo trataban con burla y desprecio y un día, defendiéndose, cometió el peor de los delitos al matar a otro chico de su edad. Fue sin dolo, sin mala intención, era un niño pequeño que simplemente se defendía, y al empujar al abusón, éste fue a caer con tan mala fortuna que se golpeó la cabeza con una piedra y falleció al instante.

Por este terrible crimen, Patroclo fue expulsado de su hogar y enviado al de Aquiles, que era todo lo contrario a él: más bonito, más fuerte, más valiente, todo un príncipe, el hijo de una ninfa y un mortal, destinado a la gloria, condenado a convertirse en el mejor guerrero de su generación.

Hoy me estaba preguntando si fue el amor de Aquiles lo que hizo que Patroclo se quisiera a sí mismo. Si fue la forma en que éste lo trataba, con gentileza, con amabilidad, y, sobre todo, como si mereciera ser querido y dichoso, lo que convirtió a un niño triste y desterrado en un joven bueno y valiente, dispuesto a luchar y morir por amor.

Espero que Patroclo se perdonara a sí mismo lo que otros no pudieron perdonarle. Espero que se aceptara, que se amara y, sobre todo, que se creyera merecedor de las cosas buenas que le pasaban.

A los incomprendidos

Érase una vez chica poco importante. Sí, ya sabéis, una cualquiera, con pequeños detalles que la hacían peculiar. Creció siendo una niña que leía mucho, una a la que le gustaba estar en una casita del árbol formada por solo dos tablas que ella y un gran amigo habían puesto allí, una a la que le gustaba arreglar los diccionarios de la clase y ordenar los libros más que salir al patio, pero una a la que le encantaba jugar.

La niña creció, y así fue como se dio cuenta, pensando mucho, mucho –demasiado–, de que el mundo a su alrededor no era bonito, y de que a veces era profundamente infeliz. Sin embargo, ella seguía teniendo la casa del árbol, libros por leer, diccionarios por arreglar, así que, llena de coraje por las palabras de sus profesores de que encontraría a alguien como ella, siguió adelante.

Y gracias, también, a buenos profesores, empezó a escribir.

Por el camino encontró a muchas personas, todas, en general, la ayudaron a seguir adelante. Algunas la rompieron, otras le echaron una mano con los pedazos, pero todas la hicieron de algún modo más fuerte, y ella aprendió a ser más valiente.

Y a pesar de cómo la mire la gente, como si por no seguir la corriente viniera de otro planeta, como si dijera una locura tal como que la Tierra no es plana, ha encontrado el modo de no mirar atrás, ni a ambos lados, y la fuerza para que le de igual que la miren, o lo que digan de ella, porque su camino está delante de ella, y eso es lo que vale la pena mirar.

Sí, ha tardado tal vez demasiado en aprenderlo. Le costó, como al Principito, abandonar su diminuto planeta, donde ver cientos de puestas de Sol cuando estaba triste, pero de algún modo lo logró y ¿sabéis qué? Tienen razón: por el camino, la gente te ayuda.

Está donde está por la gente a la que ha conocido, y sí, la seguirán mirando, y mirando a sus amigos, y preguntándose de qué se ríen tanto esos locos que bailan sin música; pero ella no podría sino seguir amando artistas, enamorándose de locos: de gente loca por amar, por soñar, por aprender, por viajar, por vivir, de gente cuya locura encaje con la propia.

Y hoy, esa chica quería daros las gracias a todos: a los artistas, a los poetas, a los incomprendidos, a los locos… por seguir adelante, por no dejar que la marea os arrastre, por luchar un poco más cuando estabais exhaustos, por hacer que vea el mundo más bonito al mirarlo a través de vuestros ojos, de vuestras palabras.

Porque esa niña de ya veinte inviernos sabe lo difícil que es ir contracorriente, y que te miren por ser diferente, y que te juzguen sin conocerte, y sabe lo que es querer encajar y sentir que no eres tú.

Pero hoy, y todos los días desde hace ya mucho tiempo, doy gracias a todos esos momentos en los que quise formar parte del rebaño y me negué, por más que todos intentaran que lo hiciera. Y sí, me alegro de haber visto ciertas cosas desde el margen de la página, escribiendo otros mundos para quienes quisieran leerlos, porque si hubiera dejado que la corriente me arrastrara ahora no conocería a quienes tengo el placer de llamar amigos.

Por eso, a todos los incomprendidos, seguid luchando contracorriente, porque no es cierto que nadie os entienda, lo que sí es cierto es que todavía no los habéis encontrado, y cuando por fin lo hagáis, agradeceréis haber llegado hasta aquí, cansados, magullados, juzgados por todos los que no entendían una música que solo vosotros podíais oír.

Por eso, a mis ahora comprendidos, bailemos al son de la música que compartimos.

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Brave like me

Sonríe, jovial, y se deja guiar a su apartamento. Mira alrededor cuando entran y pone cara de aprobación:
Eres un mentiroso, esto está más ordenado que mi piso—protesta, aunque luego sonríe de nuevo y se emborracha de los besos de Miles de camino a la cocina. Cuando vuelve a la realidad, ese piso le parece el más bonito del mundo— Hm… realmente me da igual lo que cenemos —se encoge de hombros— Podemos comer algo sano, para variar nuestras costumbres —bromea, por supuesto.

Con lo poco que se han visto no pueden tener ‘costumbres’, pero en fin:
Oye, voy un momento al baño, no te preocupes, me oriento sola —promete, y desaparece. Deja su bolso en un sillón y encuentra en seguida el baño.

Sucede en el camino de vuelta a la cocina, encuentra en un mueble un papel… ¿del hospital? Parece un informe. Y ella no debería mirarlo, pero lo hace. No sabe mucho de medicina, pero no le hace falta para comprender lo que significan esas palabras, aunque sí que necesita un momento para entender que es real, está pasando: Miles se muere.

Miles. No puede tener muchos años más que ella. No puede estar muriendo. Miles, el chico que se cayó de su silla en la cafetería para recogerle el guante, el chico que la llamó, incluso después de que ella se echara llorar en su primera e improvisada cita, Miles, el chico que bromea para que se ría de sus inseguridades, Miles, el chico que está diciendo algo desde la cocina, pero ella ya no puede oírlo.

Le tiemblan las manos: no está preparada para eso. Acaba de conocerlo, no puede decirle adiós. Miles había hecho que volviera a creer en el amor, y ahora eso parece ir a desvanecerse, como papel mojado. Es consciente de que Miles le está diciendo algo desde la cocina, lo oye a pesar del sopor en que se encuentra:
¡Un segundo! —implora.

Coge su teléfono móvil y se acerca a la puerta de la cocina con éste en el pecho:
Es mi madre, dame diez minutos —sale a la terraza, apoya la espalda contra la pared y se echa a llorar. Tiene una mano contra la boca, y trata por todos los medios de no hacer ruido, pero las lágrimas le mojan ya los dedos temblorosos: Miles se muere, se muere, se muere. Todo lo que ella toca está condenado a morir.

Se encoge en el suelo, las rodillas contra el pecho y llora más de lo que debiera permitirse estando él tan cerca, ajeno a todo. Ahora entiende a que se refería la chica del parque, ahora lo entiende todo. Tiembla, pero decide que en ese momento, tiene que ser valiente, no por ella, por él.

Porque eso va a destrozarla, pero ella seguirá respirando cuando él muera. En cambio, a él puede quedarle poco tiempo, y piensa convertir ese tiempo, el que sea, en el mejor que pueda, piensa hacer cosas inolvidables, todas las locuras que pueda, justo antes de tener que decirle adiós. Y si tiene que sujetarle la mano y ver como se desvanece, lo hará, porque lo estará haciendo por él.

De eso se trata el amor.

Cuando vuelve a la cocina, tiene los ojos rojos y las manos siguen temblándole, pero lo único que dice es:
Hoy sería el cumpleaños de mi abuelo y… mi madre es muy sensible con eso —musita, y se le atragantan las palabras—  Y yo también —y rompe a llorar, y deja que él la consuele por una mentira que no es nada en comparación a la verdad. Se refugia en su cuello y su propio corazón se calma con la constancia del de él. Y piensa, aunque ahora no sea apropiado decirlo: te quiero, Miles Shepard, y siempre te recordaré.

Sorpresdía

Estimadas Clara y Desi,

Resulta que llega un punto en que una no espera nada ya. La vida da tantas vueltas, te da tantos golpes, que al final decides dejar de pensar. Los estudios dicen que la gente que se pasa la vida imaginando las cosas buenas que les podrían pasar se decepcionan bastante con la realidad.

Bueno, no fue mi caso.

Me inscribí a psicología porque tenía un dinero extra de una beca, porque pensé que complementaría bien mi carrera y porque de algún modo, sentía que necesitaba un nuevo comienzo. Pero había sido un año duro, así que sinceramente, no esperaba nada de nadie. Dos buenos amigos me ayudaron a llegar a Barcelona en una divertida excursión al alejado campus de psicología, y yo muerta de miedo, me matriculé de mi segunda carrera.

Como mis padres no podían llevarme antes, mi primer día de clase fue el segundo de todos los demás. Y entonces sí que me entró un poco el pánico ¿con quién iba a sentarme? ¿cómo iba a lidiar con un montón de desconocidos? Y, de repente, una chica se sentó a mi lado, me saludó, me preguntó mi nombre y no sé como, ahora es una de mis mejores amigas.

El término es un poco tonto, sí, es un poco vago. Un mejor amigo puede significar cosas distintas para gente distinta, pero hoy tengo motivos para ponerme así.

Resulta que esa chica no venía sola, sino en pack con una de las chicas más fuertes que he conocido en mi vida. Resulta que Clara también escribe y que Desi puede con todo, con todo lo que le pongas por delante. Resulta que accedieron a venir a un concierto conmigo apenas sin conocerme. Resulta que gracias a ellas, volví a sonreír. Y por algún extraño motivo, me aguantan, me miman, cuentan conmigo, se acuerdan de mí, pretenden recorrer bastantes kilometros por mí y espero que otros muchos más conmigo.

En realidad, hoy es mi Sorpresdía, ese momento en el que te das cuenta de lo mucho que alguien puede hacer por ti y de que los amigos siempre pueden sorprenderte y sobre todo, siempre, siempre pueden arrancarte una sonrisa, provocarte un infarto, hacerte saltar de la silla, hacerte ser mejor persona, hacerte sacar lo mejor de ti.

Os he advertido que me iba a poner cursi, pero joder, os quiero chicas.

Atentamente,

Carla

La clase diecisiete

Martes, 15 de mayo

− Bueno, antes que nada, chicos, los que seáis menores de edad tendréis que devolverme esta hoja firmada el jueves por vuestros padres o tutores, para poder ir a la jornada de puertas abiertas de la universidad.

Robert se paseó entre las mesas, repartiendo autorizaciones fotocopiadas. Al fondo de la clase, en su siempre fiel asiento junto a la ventana, Chris bufó y se inclinó para murmurarle algo a Katie, ganándose también la atención de Lucas y Martine. El viejo profesor contempló el espectáculo sin dejarse intimidar:

− ¿Hay algo que queráis compartir con el resto de la clase? ¿Lucas? –el chico bajó la mirada− ¿Katie?

− Estábamos diciendo que es usted un hipócrita, señor Carstairs –masculló Chris, finalmente, haciendo que el profesor pestañeara y preguntara si había oído bien− He dicho que es usted un hipócrita –afirmó el muchacho con firmeza, alzando el mentón en un gesto desafiante a la par que se levantaba de la silla.

− Elabora un poco más eso, Chris ¿por qué crees… por qué creéis que soy un hipócrita? –inquirió entonces Robert, sin dar otra señal de inmutarse más que fruncir levemente el ceño y cruzarse de brazos, como hacía generalmente esperando la respuesta a un ‘justifica tu respuesta’.

El muchacho miró a su alrededor, esperando que alguno de sus compañeros lo ayudara. Luego bufó, intimidado por la afable mirada de su profesor, y volvió a sentarse, mascullando algo que sonó como ‘cobardes’.

− Lo que Chris quería decir –aventuró por fin Nika− es que nadie se cree que vayamos a ir a la universidad.

Varios murmullos de afirmación siguieron a lo que ella había comentado, y Robert recorrió el aula con la mirada, retrocediendo algunos pasos. No le gustaba dar las clases estando siempre delante, prefería ir moviéndose entre las mesas, demostrando que en cierto modo, no era sino un alumno también.

− Es cierto, Robert –afirmó entonces Martine, alzando la mirada de su pupitre− Mi madre no puede pagarla.

− Pero hay becas, chicos. Sé que muchos trabajáis, las universidades tienen opciones para deportistas –replicó el profesor, y eso fue, al parecer, la gota que colmó el vaso para Chris, que se levantó violentamente de su sitio de nuevo.

− Y una mierda. Nadie da un centavo por gente como nosotros, y usted es el primero en saberlo: si tantas oportunidades tenemos según usted ¿por qué cojones hizo esta clase de ‘segundas oportunidades’? Segundas oportunidades mis pelotas ¡no es usted mejor que todos ellos! ¡Es peor, joder! Es un hijo de perra que nos ha hecho creer que el mundo de ahí fuera es como esta mierda de clase, con todas sus mariconadas para chicos que tienen más problemas que el resto ¿pues sabe qué? Baje de su puta nube en lugar de intentar que subamos todos con usted: la vida es una mierda, nadie dará nunca nada por nosotros, en lugar de hacernos creer que podemos, debería habernos dicho la puta verdad desde el principio.

− ¿Y cuál es esa verdad, Chris? –preguntó el profesor con paciencia.

− Que nosotros no vamos a ir a la universidad –respondió Chris en un murmullo exasperado.

− Si no vais a la universidad, ellos perderán más que vosotros –afirmó entonces Robert, acallando los murmullos que se habían alzado a su alrededor.

Estaba triste de verlos así, estaba cansado de verles así. Se habían esforzado todo el curso, él lo sabía. Callie había sacado tan buenas notas que seguramente optara a matrículas de honor, Martine le había ganado la batalla a las letras y a pesar de que quería estudiar medicina, su relato de terror estaba colgado en uno de los pasillos, Lucas se había puesto al día a pesar de haber dejado el curso un mes entero por motivos de drogas, Veronika había reunido dinero suficiente como para pagarse más de un curso en la universidad, Katie había tenido que cambiar de hogar durante el curso para huir de unos padres que abusaban de ella.

Muchos seguían teniendo tan solo diecisiete años, y la vida los había roto de todas las formas posibles. Pero, a pesar de todos sus logros, permanecían cabizbajos, sus ojos lo miraban ansiosos de recibir esperanzas, pero cansados también de llorar malas noticias. Nunca, nadie, había dado nada por ellos, eso era cierto. Nunca, nadie, les había tendido la mano y les había dicho que podían ser cuanto quisieran.

En las clases contiguas, los alumnos celebraban que el equipo del instituto había ganado, que habían aprobado cuatro de las nueve asignaturas que tenían, que sus padres iban a comprarles un coche nuevo, que iban a ir a buenas universidades, o incluso que recibirían becas que querían gastarse en videojuegos y ropa cara.

No pensaban en si merecían o no todo eso, a ellos siempre les habían alentado a perseguir sus sueños, ellos habían contado con psicólogos privados, nutricionistas, abogados que les permitían librarse de las multas por beber o por saltarse los semáforos. En la clase diecisiete, a pesar de haber  aprobado todas las asignaturas, a pesar de haber trabajado muchísimo más que otros chicos de su edad teniendo las cosas mucho más difíciles, nadie sonreía.

Al otro lado de la ventana, la primavera ya anunciaba el verano, hacía una temperatura agradable, como para que las animadoras pudieran prescindir de las chaquetas y los más adinerados de los techos de sus coches regalados. A su lado de la ventana todavía era invierno, sus alumnos no se atrevían a florecer, no se atrevían a contentarse con sus notas, o sus humildes ahorros, o con haber logrado salir de hogares abusivos, de familias tóxicas, de rehabilitación, de relaciones insanas: ellos veían esos coches fuera, al resto de alumnos despreocupados de facturas y contentos por cosas que la vida les regalaba por haber nacido donde lo habían hecho, y se sentían a años luz de ellos.

Robert cerró los ojos y buscó esa magia que los había ayudado antes: las palabras. Pero él era humano, se cansaba y se rompía, y quería zarandearlos a todos, abrazarlos, besar sus mejillas hundidas coronadas por ojeras de esfuerzo y decirles lo mucho que valían, y lo injusto que era el mundo, y que deseaba que hubieran tenido mejores oportunidades, y que el mundo no fuera tan cruel.

Pero sus alumnos necesitaban palabras: algo que recordar, algo que resonara en sus oídos cuando estuvieran a punto de rendirse y les hiciera levantarse y seguir adelante. Robert pensó que exactamente, así es como se cambia el mundo: con palabras.

− No necesitáis ir a la universidad: el conocimiento está en los libros, los amigos los tenéis a vuestro alrededor. Os han vendido que necesitáis hacerlo, sí, que necesitáis un título, creéis que eso marcará la diferencia, que eso os hará ser mejores, estar por fin a la altura de los chicos de vuestra edad. Pero yo os digo lo siguiente: si todo el mundo insiste es porque al gobierno le interesa tener gente formada en cumplir órdenes y no hacer preguntas, gente que no lea demasiado, que se distraigan con algo más común. Creedme, nada de lo que el gobierno quiere para los jóvenes suele ser bueno, pero eso lo habéis comprobado ya.

»Podéis ir a la universidad ¡claro que podéis! Habéis llegado hasta aquí, tenéis mejor media que muchos de vuestros compañeros que ni se plantean no ir porque es lo que les han dicho desde niños. Pero que no os engañen: no es un salvavidas, es una cadena de montaje. Si fuerais a aprender demasiado, creedme que entonces sí que no podríais ir, os pondrían muchos más obstáculos.

»Habéis crecido creyendo que erais menos que los demás. Este curso ha sido para demostraros que no es así, que nunca ha sido así. Las oportunidades que habéis tenido han sido distintas, sí, algunas favorecen que la policía os detenga más por la calle, es cierto, pero eso no lo escogisteis. No escogisteis nacer en vuestros hogares, no escogisteis que os trataran así ni siquiera escogisteis terminar donde estáis.

»Pero ahora podéis escoger –bajó levemente la voz− ahora que el gobierno no os está mirando porque cree que no sois una amenaza que la policía no pueda controlar: ¡ahora es el momento! –y su rostro se iluminó reflejando sus tímidas sonrisas− ahora sois libres, tenéis la capacidad ¡y el deber! De decidir en quiénes vais a convertiros. No dejéis que os digan lo que podéis o no podéis ser, nadie, nunca, porque ni siquiera yo, chicos, tiene ni el poder ni el derecho de decidir por vosotros.

»Y si alguna vez despertáis y os dais cuenta de que no os gusta vuestra vida o no os gusta el mundo de vuestro alrededor: cambiadlo. Si nadie lo ha hecho aún es porque se ha encontrado allí, donde estáis vosotros ahora sentados, y ha pensado lo que estabais pensando: no soy suficiente, no soy nadie. Permitidme que os indique vuestro error. Sí, vuestras vidas son solo una gota en un océano infinito –si me permitís citar a Mitchell− pero ¿qué es un océano, sino una multitud de gotas?

Al otro lado de la ventana, los chicos de los descapotables y las animadoras no tenían ni idea de que a tan poca distancia de ellos, un profesor acababa de cambiar diecisiete mundos:

– Y que yo recuerde –añadió Robert al fin, sacando su viejo pañuelo del bolsillo para secarse el sudor de la frente– yo decidí ser profesor, no hipócrita.

Y Chris sonrió, por fin, y los murmullos que se alzaron fueron de cuadernos sobre las mesas, estuches abriéndose y libros saliendo de las mochilas y no de exasperación, sonaron varios ‘gracias, profesor’ que le recordaron a Robert por qué había empezado aquella aventura y mientras este escribía la fecha en la pizarra, Chris carraspeó, llamando de nuevo su atención:

– Gracias, Robert. Cuando tenga mi mariconada de graduado, yo también seré profesor.