El amor es sufrimiento

Just gonna stand there and watch me burn (vas a quedarte ahí y ver cómo me quemo)
Well, that’s all right (pero está bien)
Because I like the way it hurts (porque me gusta cómo duele)
Just gonna stand there and hear me cry (vas a quedarte ahí y oírme llorar)
Well, that’s all right (pero está bien)
Because I love the way you lie (porque me gusta cómo mientes)
I love the way you lie (me gusta cómo mientes)

Ya sé, lo sé, no es el mejor ejemplo de una ‘canción de amor’, pero me temo que como esta hay muchas, con mensajes similares, que llegan a niñas de 11, 12, 13 años que igual han empezado a ir con chicos, y romantizan esta idea: el amor es sufrir, el amor es llorar, está permitido que él te mienta.

I can only tell you what it feels like and right now there’s a steel knife in my windpipe (sólo puedo decirte cómo se siente, y ahora mismo es como tener un cuchillo en la tráquea)
High off her love, drunk from her hate (colocado de su amor, borracho de su odio)
And I love her the more I suffer (y cuanto más sufro más la quiero)

El amor es sentir como tener un cuchillo clavado, el amor es sufrimiento, el amor es estar colocado, borracho (sin saber lo que haces, justificando comportamientos abusivos o irracionales porque ‘es que están enamorados’ ‘es que es amor, ‘es que el amor te vuelve ciego, las cosas son así’). ‘Y cuanto más sufro más la quiero’, mira, es que no me salen las palabras.

Si estás en una relación en la que sientes que sufres, en la que estás en tensión, en la que tienes miedo de que tu pareja se ponga violenta, NO. ES. AMOR.

So they say it’s best to go your separate ways (así que os dicen que es mejor que os separéis)
‘Cause today, that was yesterday, yesterday is over (pero eso fue ayer, y ayer ya terminó)
It’s a different day (hoy es un día diferente)
But you promised her, next time you’d show restraint (pero le prometiste que la próxima vez te contendrías)

Esta parte de la letra es como una referencia de la etapa ‘luna de miel’, en los ciclos de abuso en las relaciones en pareja. Es decir, primero va todo bien, estalla un conflicto, se produce la violencia y luego se da la luna de miel: las promesas de que no volverá a pasar, de que mejorará, de que es agua pasada; la creencia de que si lo quieres tienes que aguantar, porque el amor lo puede todo, y eso que habéis pasado os hará fuertes.

Next time? There won’t be no next time! (¿la próxima vez? ¡no habrá próxima vez!)
I apologize even though I know it’s lies (Me disculpo aunque sé que estoy mintiendo)
I’m tired of the games, I just want her back (Estoy cansado de juegos, solo la quiero de vuelta)
I know I’m a liar, if she ever tries to fuckin’ leave again (Sé que soy un mentiroso, si vuelve a intentar largarse)
I’ma tie her to the bed and set this house on fire (la ataré a la cama y le prenderé fuego a la casa)

Y esto bueno, es ya el colmo. Lo peor es que, probablemente, refleja bien la última etapa de la violencia doméstica, cuando él termina asesinándola (y a veces suicidándose después), pero para llegar a esto han tenido que pasar por una serie de etapas, de creencias: ‘eres mía y yo soy tuyo’, ‘nunca encontrarás a otro como yo’, ‘estamos hechos el uno para el otro’, ‘los que intentan separarnos se equivocan’, ‘tengo derecho a ponerme celoso’, ‘tengo derecho a opinar sobre lo que te pones, sobre con quién sales, sobre a dónde vas’.

Y entonces un día es demasiado tarde.

Ya sé, lo sé, es solo una canción, pero es una de muchas en una cultura en la que el amor romántico se pinta como un ideal de sacrificio, de dolor, de sufrimiento, dónde las conductas abusivas se justifican por amor, dónde se normaliza e incluso se romantiza la idea del dolor, fijaos en que la primera estrofa es la única que canta la chica en toda la canción, en la que habla de cómo su pareja le hace daño, la hace sufrir, y luego no hace nada para ayudarla, pero ‘está bien’.

Tenemos que cortar estas mierdas de raíz, las canciones, las películas, los libros son importantes, las historias son muy poderosas, transmiten mensajes que recordamos mucho más que lo que aprendemos en los libros de textos.

Y enseñar que el amor es sufrimiento es condenarnos a sufrir.

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Déjale, le han educado así

Y una mierda.

Estoy harta de que se use esa excusa para justificar comportamientos machistas, racistas o abusivos. La gente que tenemos la cruz de ser empáticos e introvertidos, todo a la vez, tenemos doble desventaja, como aquellos que además de ser pobres, tienen la piel de un color que difiera del blanco en un país occidental.

Esta desventaja nos lleva a justificar comportamientos porque, al entender (o creer entender, que no se nos suba a la cabeza) qué mecanismos los causan, nos sentimos (o creemos sentirnos) como la otra persona y somos incapaces de culparles: ¿alguien ha sido borde contigo? Vale, pero piensa que ha tenido un mal día, y además este mes está preocupado por X asunto que tiene pendiente; vamos a pasárselo por alto ¿alguien tiene una conducta machista? Vale, pero claro, es que le han educado así, piensa que una persona de su edad ya es muy difícil que cambie, además está triste por todo lo que le ha pasado, piénsalo.

Y a mí, personalmente, se me hace muy difícil extender el dedo y decir: tu lo has hecho, eres culpable.

Tanto que, de no ser por voces amigas, se me olvidaría atribuir ni un ápice de culpa a los demás. Incluso escribir esto me cuesta, porque culpa es como una palabra muy grande, a la que hay tantos sentidos atribuidos que me parece ‘demasiado’. Pero ojo, decir que alguien tiene la culpa de algo voy a usarlo como sinónimo de que esa persona es responsable de ese algo, por más estrés que llevara encima o haya recibido la educación que haya recibido.

Porque a mí ya no me vale eso de que te han educado así o de que eres así.

Me sorprende que la gente prefiera admitirse marionetas de la educación recibida o de sus patrones de conducta heredados ¿me estás diciendo que estás renunciando a tu libertad? ¿que todo lo que eres es eso? ¿lo que otros quieren que seas? ¿lo que la herencia biológica ha hecho de ti? ¿me estás diciendo que no puedes cambiar? ¿que no vas a luchar contra eso?

No hay que dejar de ser comprensivos, no hay que olvidar todas las causas que afectan a la conducta, pero, por favor, sed libres y luchad contra lo que intentan imponeros, porque como yo, mucha gente va a dejar de tomar vuestra jaula como excusa.

No ayudéis mas en casa

Hoy vengo a pediros solemnemente que no ayudéis más en casa. Eso de ayudar a la encargada de lo doméstico por excelencia que es la esposa y a menudo también madre os pido que dejéis de hacerlo. No está bien, sinceramente, y me parece hasta reprobable.

Porque eso no es ayudar.

Ayudar es cuando tu compañero de trabajo termina un informe por ti en la oficina; ayudar es cuando tu compañera te ayuda a cargar unas cajas al camión en el almacén en el que te ganas un sueldo. Ayudar, lectores, es cuando haces algo que no es lo que te corresponde hacer para aliviar la carga de trabajo que sí corresponde a otra persona.

Y limpiar la casa, poner lavadoras, planchar la ropa, cocinar, ir a hacer la compra, hacer las camas, fregar los platos, tender la ropa, cuidar de los niños, ancianos y otras personas con dependencia de algún tipo NO ES EL TRABAJO DE MAMÁ.

NO estáis ayudando. NO merecéis un premio, una paga extra, una felicitación ni una palmadita en la espalda por ayudar a mantener habitable el sitio en el que vivís.

Dejemos de actuar todos como si correspondiera a otra persona encargarnos de a veces, nuestro propio mantenimiento. Creo que, sinceramente, debería darle vergüenza a mucha gente no saber prepararse la comida o lavarse y plancharse correctamente la ropa. Pero más vergüenza debería darles actuar como si eso no fuera con ellos, como si las lavadoras, las cocinas y demás tareas domésticas fueran algo ajeno, algo de mujeres.

Así que por favor (y ni siquiera debería pedirlo por favor) DEJAD DE AYUDAR en casa y empezad a hacer lo que os corresponde por vivir en ella.

Dos kilos más

Sí, yo me veo gorda.

Sé que muchas chicas se sienten como yo, a veces, sin importar incluso lo que diga la báscula, sino por lo que ven por la calle, lo que ven en televisión, lo que ven en las revistas, lo que te golpea cada vez que miras al mundo y solo ves un montón de chicas delgadas, algunas incluso demasiado, lo que te dice la sociedad que deberías ser.

La idea de ‘nunca juzgues un libro por su portada’ es totalmente inútil en nuestra sociedad, una que les pide a sus trabajadoras que, por favor, se maquillen más para ir al trabajo; una que hace cada vez las tallas más pequeñas, una que no deja de bombardearte con imágenes de chicas que ni siquiera son reales. Ocurre cada vez que miras el cartel de una película, cada vez que te fijas en los anuncios de televisión.

Y puede que penséis que todo eso no puede afectarte, y que en el fondo es una tontería, que puedes simplemente no hacer caso, pero eso se te queda grabado a fuego en la cabeza y cada vez que te miras en el espejo, o que te pruebas algo de ropa, está presente, está ahí, diciéndote que no eres lo suficientemente bonita, porque no te pareces a esas chicas de televisión.

Es mucho más sencillo, hoy en día, que te juzguen por no hacer deporte que por no haber abierto un libro en el último mes. Y no sé si eso me horroriza, me da pena o me da rabia, pero mi opinión no importa, después de todo.

No importa el contenido, y mi portada, me temo, la veo un poco gordita.

Porque creo que sin excepción, todas mis amigas se han sentido así alguna vez, y me atrevería a decir que todas las chicas, no importa cuánto pesen o qué coman, o si hacen más o menos ejercicio, importa como se ven cuando se miran al espejo.

E intento no hacer caso, intento mirarme al espejo y verme bien, y sentirme bien, y salir a la calle con confianza, pero en una sociedad que convierte los cuerpos en objetos y que los usa sin reparos para vendernos productos y servicios, bombardeándonos continuamente así en la publicidad, en el cine, en la televisión, es muy difícil.

Me horroriza mirarme al espejo y que lo que más me preocupe sea si voy bonita. No soy un producto que vender. No soy lo que me pongo, ni soy cuántos kilos peso, o cuántos he perdido. Pero ¿sabéis qué? A pocas personas le importa, y eso es lo que me horroriza.

Que vivamos obsesionados con nuestra portada, que nos hagan creer que lo que hay dentro no le importa a nadie una mierda. Bueno, pues a mí me importa. Así que la próxima vez que me mire el espejo, espero poder sonreír. Y al próximo que me juzgue por mi portada, puede irse perfectamente a la mierda.

El niño y el cachorro

Delante del supermercado al que acostumbro a ir, hay siempre una mujer arrodillada. No parece española y parece ya algo mayor —o al menos para permanecer tanto tiempo en esa postura—. Creo que la he visto en el mismo sitio los tres años que llevo en Barcelona y procuro siempre que paso darle algo, aunque no vaya a solucionar nada.

Recuerdo varios momentos en concreto.

Una vez, me la encontré en la cola del supermercado; apenas llevaba un par de cosas, pero le dio todas las monedas que tenía al cajero para pagar. Él, el más simpático de todos los que hay allí —gracias a Dios— contó las monedas a una velocidad sorprendente y le devolvió el cambio con gran amabilidad, que espero que compensara la que no tenían el resto de la cola.

En otra ocasión, hacía un día especialmente caluroso y ella estaba allí, arrodillada al sol de mediodía. Le pregunté como se encontraba y me respondió que le dolía un poco la cabeza. Y entonces me quedé preguntando qué podía hacer yo ¿bajarle una aspirina? ¿podría tomársela? ¿habría comido algo ya?

La tercera ocasión ha sido esta mañana. Delante del supermercado había una familia con dos niños pequeños que jugaban con un cachorro mientras el resto de la familia parecía montar un puesto de flores.

Desde la cola del supermercado, he visto como el cachorro —todo un pequeño gran explorador— se acercaba a la mujer, y ésta lo acariciaba con cuidado. El niño inmediatamente lo ha cogido y se lo ha llevado, mirando a la mujer con desconfianza. Lo mismo ha pasado con la niña, que se ha acercado, mirándola con recelo desde la distancia y luego se ha marchado corriendo.

Ya sé que los niños no tienen la culpa, para ellos todo es un juego, todo es gracioso, no comprenden bien la crueldad. Tampoco me atrevería a culpar a los padres, que les pedirían seguramente que no la molestaran.

Pero me ha entristecido tanto ver al niño llevarse al cachorro, casi con miedo, como si la mujer pudiera hacerle algo ¿cómo debe sentirse, bajo el cielo nublado que anuncia lluvia, con las rodillas doloridas, viendo los céntimos en su vaso de cartón? No puede ni sonreír a los cachorros; la belleza del mundo es algo inaccesible para ella; como si la privaran de las cosas que al resto nos hacen sonreír.

Sin techo. Sola. Triste. Sin nadie con quién charlar ¿y a quién culpo, yo? A quiénes tienen el poder y lo permiten, claro. A la sociedad.

Que le jodan a la sociedad.