Reto 1: La batalla contra el tiempo

Los relojes marcan el tiempo durante todo el año, pero existe un momento en el que reciben una atención especial. Para Adam, el tiempo era una jaula que lo convertía en preso de su propio destino, de su propio final.

Corría. La calle se extendía ante él repleta de gente, y la peor parte era que corría hacia ellos. Sabía que le quedaba poco tiempo: cuando el reloj diera las doce su piel empezaría a cambiar y el lobo en que se convertiría no recordaría nada del hombre que ahora luchaba por llegar a tiempo.

Pero no tenía tiempo de retroceder y buscar otro camino, necesitaba seguir adelante y atravesar la marabunta de gente que se aglutinaba con los rostros alzados al cielo, hacia el reloj. Llegó a la plaza y, sin disculparse ni sentirlo, empezó a empujar a la gente. Era de vital importancia que llegara a casa antes de que fuera tarde, antes de convertirse.

Empujó cuerpos y más cuerpos vestidos con lentejuelas, sedas y camisas bien planchadas; se abrió camino entre todos aquellos que, ataviados con extraños gorros, collares y con los rostros cubiertos para el ritual, sostenían copas repletas de algo sólido.

Despejada, esa plaza podía recorrerla en dos minutos; pero hoy llevaba diez y seguía sin haber llegado al centro, donde un desgastado dibujo en el suelo señalaba los puntos cardinales. Como saetas de un reloj. Se le acababan las opciones. El lobo que latía en su interior ya luchaba por salir. Como todas las noches, era un esclavo más del tiempo.

Llevaba en el bolsillo interior de su chaqueta un solo frasco con una cura. Si lo consumiera, terminaría con su maldición, terminaría con la luna, terminaría con su esclavitud para siempre. Pero lo reservaba para alguien más.

En casa, su hija Victoria, aguardaba sola. Él aceptaba estar maldito, se lo había ganado a pulso con años de espionaje y guerras perdidas. Pero ella no, su pequeña Victoria no. Tenía que darle el antídoto aquel día, a la víspera de sus dieciséis, antes de que perdiera el control para siempre.

Tropezó y cayó al suelo, rodando hacia un lado para proteger el frasco. A menudo imaginaba que la muerte tenía que ser algo así; estar corriendo sin poder llegar a tu destino y de repente caer fulminado; pero seguir sintiendo. Sentir el tiempo que pasa, sentir que no puedes hacer nada para ralentizarlo, para impedir que el momento llegue.

Mentiría si dijera que no había ansiado el final, perderse en sus sentidos de lobo para siempre. Sin embargo, con Victoria había venido su propósito y ese año, su último año como humano, necesitaba salvarla.

Pero era ya demasiado tarde. Su cuerpo empezó a cambiar con la primera campanada. Nadie parecía percibirlo, estaban ocupados mirando al reloj del que ellos también eran esclavos. Uva tras uva, los asistentes a ese ritual se despidieron del año que había concluido y Adam, se despidió de su humanidad y de su hija.

El antídoto no llegó a tiempo. Unas casas más allá de la plaza, en una habitación sin relojes, con la ventana abierta mostrando la luna, Victoria perdió la batalla contra el tiempo.

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Estimada Carla,

Creo que es hora de que te sinceres un poco contigo misma ¿no? Has leído mil veces esa frase de que primero tienes que estar bien tú, si deseas ayudar a los demás, que no se puede sacar de algo vacío, y sin embargo, te cuidas mucho menos de lo que deberías.

Puedes intuir ya tus límites, sabes lo cansada que puedes llegar a estar si no duermes bien, o que de vez en cuando simplemente necesitas desconectar. A veces, sientes que te regalas a ti misma momentos: detalles con amigos, una llamada, un rato de lectura, un paseo, una merienda en un café agradable, pero sigues siendo la persona con la que eres más exigente, más cruel.

Creo que es hora de que empieces a ver que no pasa nada por no ser perfecta, y que a veces no puedes llegar a todo, ni estar por todos, y que te perdones por ello. De lo contrario, seguirás estando así de cansada.

Pide ayuda cuando la necesites, pero recuerda que gran parte de las veces, la única que puede ayudarte eres tú misma. Tú sabes cuándo puedes aguantar un poco más y cuando tienes que dejarlo estar, cuántas horas has dormido, si has comido bien o no, el tiempo que has pasado dedicándolo enteramente a ti misma, que siempre es poco.

Deja de vivir por los demás porque algún día ellos no estarán, pero tú sí, y no querrás estar vacía cuando eso ocurra.

Cuídate, porque ¿quién puede hacerlo mejor que tú? Esas veces en que piensas que una persona necesita una carta, necesita un momento, necesita una canción, y le dedicas tu tiempo para intentar animarla ¿por qué no le dedicas ni la mitad de ese tiempo cuando se trata de ti?

Has aprendido a decir que no, pero debes decírtelo también a ti misma. Puedes organizarte, puedes cuidarte más, puedes estar mejor, yo sé que puedes, pero depende de ti. Deja de retrasarlo por hacer felices a otros, ellos pueden lograrlo sin ti, pero tú no.

Te necesitas. Es hora de que empieces a estar ahí. El resto del mundo seguirá girando sin ti, te lo prometo.

Con mucho cariño,

Merecedores

Patroclo nació siendo príncipe, pero nadie, nunca, lo trató como tal. Ni siquiera su padre, ni siquiera su madre. Los otros niños lo trataban con burla y desprecio y un día, defendiéndose, cometió el peor de los delitos al matar a otro chico de su edad. Fue sin dolo, sin mala intención, era un niño pequeño que simplemente se defendía, y al empujar al abusón, éste fue a caer con tan mala fortuna que se golpeó la cabeza con una piedra y falleció al instante.

Por este terrible crimen, Patroclo fue expulsado de su hogar y enviado al de Aquiles, que era todo lo contrario a él: más bonito, más fuerte, más valiente, todo un príncipe, el hijo de una ninfa y un mortal, destinado a la gloria, condenado a convertirse en el mejor guerrero de su generación.

Hoy me estaba preguntando si fue el amor de Aquiles lo que hizo que Patroclo se quisiera a sí mismo. Si fue la forma en que éste lo trataba, con gentileza, con amabilidad, y, sobre todo, como si mereciera ser querido y dichoso, lo que convirtió a un niño triste y desterrado en un joven bueno y valiente, dispuesto a luchar y morir por amor.

Espero que Patroclo se perdonara a sí mismo lo que otros no pudieron perdonarle. Espero que se aceptara, que se amara y, sobre todo, que se creyera merecedor de las cosas buenas que le pasaban.

Incluso el café es más caro que mis cuadros

Habían abierto una nueva galería en la ciudad. Corría a cargo de un tal señor Fray y estaba bastante bien situada. Turistas, críticos, amantes del arte y excursiones escolares terminaban encontrándose allí. Los niños por la mañana, los turistas aprovechando la poca gente que había al mediodía, los críticos a cualquier hora que les conviniera dadas sus apretadas agendas y los amantes del arte cuando la galería estaba a punto de cerrar, convirtiendo entrar allí en toda una aventura.

Ben había entrado, sí, y para él toda una aventura había sido el rotundo ‘no’ cuando había ofrecido exponer sus cuadros. Más que ofrecer, pedir. Y casi pedir de rodillas, suplicando una oportunidad. Después de las negativas, derrotado, había vagabundeado hasta el café más cercano y se había sentado junto a una ventana. Fuera llovía y él se había mojado para llegar hasta allí, el café le pareció caro y no se atrevió a pedir nada para comer, a pesar de que se moría de hambre, porque, madre mía, no quería saber a cuanto estaban las ‘muflings’ o como se llamaran.

Suspiró, mirando la galería desde allí, mientras las gotas del cristal difuminaban las luces de los coches y de las farolas, convirtiéndolo todo en un espectáculo bastante triste.

Allí es donde conoció a Lana. Ella había entrado y preguntado por su nombre en voz alta. La cabeza del joven Holmes se había alzado como un resorte y la había visto allí, con su larga gabardina y sus botas altas, y sujetando el paraguas en una mano y en la otra… las fotocopias de las fotos de sus cuadros, esas que había llevado a la galería como muestra de su obra y que, al parecer, había olvidado allí.

Carraspeó y se levantó, torpemente, para hacer un gesto, como quien decía ‘yo’, ‘yo, lamentablemente, yo’. Y contempló como ella se acercaba, con una sonrisa que no decía nada malo de su aspecto o de sus pinturas. Ben pestañeó:
Gracias -carraspeó. Si era una de las dueñas de la galería, sin duda venía para traerle las fotocopias para que ‘eso’ no estuviera ni cerca de su galería. Pero no. Lana Renfield no tenía que ver con la galería del señor Fray, había pasado por allí, como buena amante del arte que era, y sus cuadros, o más bien, aquellas fotocopias, le habían llamado la atención.

La miró. Estaba esperando que huyera por patas, sí, pero ella no lo hizo. El joven se pasó una mano por los rizos y le hizo un gesto hacia la silla de madera que había ante él:
Por favor -hizo un gesto y suplicó que el dinero le diera para pagarle el café- La invitaré a un café.

Brave like me

Sonríe, jovial, y se deja guiar a su apartamento. Mira alrededor cuando entran y pone cara de aprobación:
Eres un mentiroso, esto está más ordenado que mi piso—protesta, aunque luego sonríe de nuevo y se emborracha de los besos de Miles de camino a la cocina. Cuando vuelve a la realidad, ese piso le parece el más bonito del mundo— Hm… realmente me da igual lo que cenemos —se encoge de hombros— Podemos comer algo sano, para variar nuestras costumbres —bromea, por supuesto.

Con lo poco que se han visto no pueden tener ‘costumbres’, pero en fin:
Oye, voy un momento al baño, no te preocupes, me oriento sola —promete, y desaparece. Deja su bolso en un sillón y encuentra en seguida el baño.

Sucede en el camino de vuelta a la cocina, encuentra en un mueble un papel… ¿del hospital? Parece un informe. Y ella no debería mirarlo, pero lo hace. No sabe mucho de medicina, pero no le hace falta para comprender lo que significan esas palabras, aunque sí que necesita un momento para entender que es real, está pasando: Miles se muere.

Miles. No puede tener muchos años más que ella. No puede estar muriendo. Miles, el chico que se cayó de su silla en la cafetería para recogerle el guante, el chico que la llamó, incluso después de que ella se echara llorar en su primera e improvisada cita, Miles, el chico que bromea para que se ría de sus inseguridades, Miles, el chico que está diciendo algo desde la cocina, pero ella ya no puede oírlo.

Le tiemblan las manos: no está preparada para eso. Acaba de conocerlo, no puede decirle adiós. Miles había hecho que volviera a creer en el amor, y ahora eso parece ir a desvanecerse, como papel mojado. Es consciente de que Miles le está diciendo algo desde la cocina, lo oye a pesar del sopor en que se encuentra:
¡Un segundo! —implora.

Coge su teléfono móvil y se acerca a la puerta de la cocina con éste en el pecho:
Es mi madre, dame diez minutos —sale a la terraza, apoya la espalda contra la pared y se echa a llorar. Tiene una mano contra la boca, y trata por todos los medios de no hacer ruido, pero las lágrimas le mojan ya los dedos temblorosos: Miles se muere, se muere, se muere. Todo lo que ella toca está condenado a morir.

Se encoge en el suelo, las rodillas contra el pecho y llora más de lo que debiera permitirse estando él tan cerca, ajeno a todo. Ahora entiende a que se refería la chica del parque, ahora lo entiende todo. Tiembla, pero decide que en ese momento, tiene que ser valiente, no por ella, por él.

Porque eso va a destrozarla, pero ella seguirá respirando cuando él muera. En cambio, a él puede quedarle poco tiempo, y piensa convertir ese tiempo, el que sea, en el mejor que pueda, piensa hacer cosas inolvidables, todas las locuras que pueda, justo antes de tener que decirle adiós. Y si tiene que sujetarle la mano y ver como se desvanece, lo hará, porque lo estará haciendo por él.

De eso se trata el amor.

Cuando vuelve a la cocina, tiene los ojos rojos y las manos siguen temblándole, pero lo único que dice es:
Hoy sería el cumpleaños de mi abuelo y… mi madre es muy sensible con eso —musita, y se le atragantan las palabras—  Y yo también —y rompe a llorar, y deja que él la consuele por una mentira que no es nada en comparación a la verdad. Se refugia en su cuello y su propio corazón se calma con la constancia del de él. Y piensa, aunque ahora no sea apropiado decirlo: te quiero, Miles Shepard, y siempre te recordaré.

Renegados

No tendría que darle vergüenza. André llevaba mintiendo toda su vida, sin ser un gran mentiroso, sin ser un buen actor. A la gente de la seguridad social, a sus antiguos compañeros de clase, a policías, vecinos, aquellos a los que había cometido el error de llamar amigos, al chico que lo miraba desde el espejo.

‘Estoy bien’, ‘no es nada’, ‘mis padres están bien’. Había mentido para conseguir que no se llevaran a su madre a una residencia, a un psiquiátrico, a dónde tuvieran que llevarla. Había mentido para que no lo detuvieran varias veces, aunque siempre había sido en vano. Había huido, había robado. Y muchas de esas veces lo habían terminado pillando. Había sentido manotazos, tirones, golpes, patadas. Había escuchado los insultos, los bufidos: la gente estaba harta de él, incluso aquellos que no lo conocían. Y sentía ese horrible sentimiento: vergüenza. Le trepaba por la garganta, amenazando con estrangularlo, haciendo que tuviera ganas de vomitar, como los personajes en sus cuadros, de rodillas expulsando un líquido negro y pegajoso como el alquitrán por la boca.

Se le encendieron las mejillas cuando Izhan lo apartó, se sintió patético. Nadie lo creía. Nadie confiaba en él. Ni sus nuevos compañeros de equipo, ni tal vez el entrenador, ni, por supuesto, los agentes de la condicional. Ni siquiera la única persona con la que se relaciona por voluntad propia lo tolera.

Porque no tiene dinero. Y porque sin dinero, André no tiene nada que ofrecerle. Ni siquiera una conversación. Piensa en un segundo desesperado que tendría que haber seguido la conversación del principio, haberse tragado la vergüenza y haber dicho: sí, juego; tal vez eso le habría dado a pie a Izhan para contarle algo suyo y así…

“¿Qué haces ahí sentado? Vamos, no tengo todo el día.”

Nada. El momento ha pasado, como pasan todos antes de que pueda atraparlos. Se suelta el cinturón. Todo va demasiado lento, porque él es demasiado lento en reaccionar. Quiere volver a intentarlo, pero cree que no va a soportar que lo aparten. Así que sale del coche y emprende el camino a su apartamento a toda velocidad, con los ojos ardiéndole.

Pero no se permite llorar hasta que llega a casa, donde no puede molestar a nadie salvo al chico del espejo.

La clase diecisiete

Martes, 15 de mayo

− Bueno, antes que nada, chicos, los que seáis menores de edad tendréis que devolverme esta hoja firmada el jueves por vuestros padres o tutores, para poder ir a la jornada de puertas abiertas de la universidad.

Robert se paseó entre las mesas, repartiendo autorizaciones fotocopiadas. Al fondo de la clase, en su siempre fiel asiento junto a la ventana, Chris bufó y se inclinó para murmurarle algo a Katie, ganándose también la atención de Lucas y Martine. El viejo profesor contempló el espectáculo sin dejarse intimidar:

− ¿Hay algo que queráis compartir con el resto de la clase? ¿Lucas? –el chico bajó la mirada− ¿Katie?

− Estábamos diciendo que es usted un hipócrita, señor Carstairs –masculló Chris, finalmente, haciendo que el profesor pestañeara y preguntara si había oído bien− He dicho que es usted un hipócrita –afirmó el muchacho con firmeza, alzando el mentón en un gesto desafiante a la par que se levantaba de la silla.

− Elabora un poco más eso, Chris ¿por qué crees… por qué creéis que soy un hipócrita? –inquirió entonces Robert, sin dar otra señal de inmutarse más que fruncir levemente el ceño y cruzarse de brazos, como hacía generalmente esperando la respuesta a un ‘justifica tu respuesta’.

El muchacho miró a su alrededor, esperando que alguno de sus compañeros lo ayudara. Luego bufó, intimidado por la afable mirada de su profesor, y volvió a sentarse, mascullando algo que sonó como ‘cobardes’.

− Lo que Chris quería decir –aventuró por fin Nika− es que nadie se cree que vayamos a ir a la universidad.

Varios murmullos de afirmación siguieron a lo que ella había comentado, y Robert recorrió el aula con la mirada, retrocediendo algunos pasos. No le gustaba dar las clases estando siempre delante, prefería ir moviéndose entre las mesas, demostrando que en cierto modo, no era sino un alumno también.

− Es cierto, Robert –afirmó entonces Martine, alzando la mirada de su pupitre− Mi madre no puede pagarla.

− Pero hay becas, chicos. Sé que muchos trabajáis, las universidades tienen opciones para deportistas –replicó el profesor, y eso fue, al parecer, la gota que colmó el vaso para Chris, que se levantó violentamente de su sitio de nuevo.

− Y una mierda. Nadie da un centavo por gente como nosotros, y usted es el primero en saberlo: si tantas oportunidades tenemos según usted ¿por qué cojones hizo esta clase de ‘segundas oportunidades’? Segundas oportunidades mis pelotas ¡no es usted mejor que todos ellos! ¡Es peor, joder! Es un hijo de perra que nos ha hecho creer que el mundo de ahí fuera es como esta mierda de clase, con todas sus mariconadas para chicos que tienen más problemas que el resto ¿pues sabe qué? Baje de su puta nube en lugar de intentar que subamos todos con usted: la vida es una mierda, nadie dará nunca nada por nosotros, en lugar de hacernos creer que podemos, debería habernos dicho la puta verdad desde el principio.

− ¿Y cuál es esa verdad, Chris? –preguntó el profesor con paciencia.

− Que nosotros no vamos a ir a la universidad –respondió Chris en un murmullo exasperado.

− Si no vais a la universidad, ellos perderán más que vosotros –afirmó entonces Robert, acallando los murmullos que se habían alzado a su alrededor.

Estaba triste de verlos así, estaba cansado de verles así. Se habían esforzado todo el curso, él lo sabía. Callie había sacado tan buenas notas que seguramente optara a matrículas de honor, Martine le había ganado la batalla a las letras y a pesar de que quería estudiar medicina, su relato de terror estaba colgado en uno de los pasillos, Lucas se había puesto al día a pesar de haber dejado el curso un mes entero por motivos de drogas, Veronika había reunido dinero suficiente como para pagarse más de un curso en la universidad, Katie había tenido que cambiar de hogar durante el curso para huir de unos padres que abusaban de ella.

Muchos seguían teniendo tan solo diecisiete años, y la vida los había roto de todas las formas posibles. Pero, a pesar de todos sus logros, permanecían cabizbajos, sus ojos lo miraban ansiosos de recibir esperanzas, pero cansados también de llorar malas noticias. Nunca, nadie, había dado nada por ellos, eso era cierto. Nunca, nadie, les había tendido la mano y les había dicho que podían ser cuanto quisieran.

En las clases contiguas, los alumnos celebraban que el equipo del instituto había ganado, que habían aprobado cuatro de las nueve asignaturas que tenían, que sus padres iban a comprarles un coche nuevo, que iban a ir a buenas universidades, o incluso que recibirían becas que querían gastarse en videojuegos y ropa cara.

No pensaban en si merecían o no todo eso, a ellos siempre les habían alentado a perseguir sus sueños, ellos habían contado con psicólogos privados, nutricionistas, abogados que les permitían librarse de las multas por beber o por saltarse los semáforos. En la clase diecisiete, a pesar de haber  aprobado todas las asignaturas, a pesar de haber trabajado muchísimo más que otros chicos de su edad teniendo las cosas mucho más difíciles, nadie sonreía.

Al otro lado de la ventana, la primavera ya anunciaba el verano, hacía una temperatura agradable, como para que las animadoras pudieran prescindir de las chaquetas y los más adinerados de los techos de sus coches regalados. A su lado de la ventana todavía era invierno, sus alumnos no se atrevían a florecer, no se atrevían a contentarse con sus notas, o sus humildes ahorros, o con haber logrado salir de hogares abusivos, de familias tóxicas, de rehabilitación, de relaciones insanas: ellos veían esos coches fuera, al resto de alumnos despreocupados de facturas y contentos por cosas que la vida les regalaba por haber nacido donde lo habían hecho, y se sentían a años luz de ellos.

Robert cerró los ojos y buscó esa magia que los había ayudado antes: las palabras. Pero él era humano, se cansaba y se rompía, y quería zarandearlos a todos, abrazarlos, besar sus mejillas hundidas coronadas por ojeras de esfuerzo y decirles lo mucho que valían, y lo injusto que era el mundo, y que deseaba que hubieran tenido mejores oportunidades, y que el mundo no fuera tan cruel.

Pero sus alumnos necesitaban palabras: algo que recordar, algo que resonara en sus oídos cuando estuvieran a punto de rendirse y les hiciera levantarse y seguir adelante. Robert pensó que exactamente, así es como se cambia el mundo: con palabras.

− No necesitáis ir a la universidad: el conocimiento está en los libros, los amigos los tenéis a vuestro alrededor. Os han vendido que necesitáis hacerlo, sí, que necesitáis un título, creéis que eso marcará la diferencia, que eso os hará ser mejores, estar por fin a la altura de los chicos de vuestra edad. Pero yo os digo lo siguiente: si todo el mundo insiste es porque al gobierno le interesa tener gente formada en cumplir órdenes y no hacer preguntas, gente que no lea demasiado, que se distraigan con algo más común. Creedme, nada de lo que el gobierno quiere para los jóvenes suele ser bueno, pero eso lo habéis comprobado ya.

»Podéis ir a la universidad ¡claro que podéis! Habéis llegado hasta aquí, tenéis mejor media que muchos de vuestros compañeros que ni se plantean no ir porque es lo que les han dicho desde niños. Pero que no os engañen: no es un salvavidas, es una cadena de montaje. Si fuerais a aprender demasiado, creedme que entonces sí que no podríais ir, os pondrían muchos más obstáculos.

»Habéis crecido creyendo que erais menos que los demás. Este curso ha sido para demostraros que no es así, que nunca ha sido así. Las oportunidades que habéis tenido han sido distintas, sí, algunas favorecen que la policía os detenga más por la calle, es cierto, pero eso no lo escogisteis. No escogisteis nacer en vuestros hogares, no escogisteis que os trataran así ni siquiera escogisteis terminar donde estáis.

»Pero ahora podéis escoger –bajó levemente la voz− ahora que el gobierno no os está mirando porque cree que no sois una amenaza que la policía no pueda controlar: ¡ahora es el momento! –y su rostro se iluminó reflejando sus tímidas sonrisas− ahora sois libres, tenéis la capacidad ¡y el deber! De decidir en quiénes vais a convertiros. No dejéis que os digan lo que podéis o no podéis ser, nadie, nunca, porque ni siquiera yo, chicos, tiene ni el poder ni el derecho de decidir por vosotros.

»Y si alguna vez despertáis y os dais cuenta de que no os gusta vuestra vida o no os gusta el mundo de vuestro alrededor: cambiadlo. Si nadie lo ha hecho aún es porque se ha encontrado allí, donde estáis vosotros ahora sentados, y ha pensado lo que estabais pensando: no soy suficiente, no soy nadie. Permitidme que os indique vuestro error. Sí, vuestras vidas son solo una gota en un océano infinito –si me permitís citar a Mitchell− pero ¿qué es un océano, sino una multitud de gotas?

Al otro lado de la ventana, los chicos de los descapotables y las animadoras no tenían ni idea de que a tan poca distancia de ellos, un profesor acababa de cambiar diecisiete mundos:

– Y que yo recuerde –añadió Robert al fin, sacando su viejo pañuelo del bolsillo para secarse el sudor de la frente– yo decidí ser profesor, no hipócrita.

Y Chris sonrió, por fin, y los murmullos que se alzaron fueron de cuadernos sobre las mesas, estuches abriéndose y libros saliendo de las mochilas y no de exasperación, sonaron varios ‘gracias, profesor’ que le recordaron a Robert por qué había empezado aquella aventura y mientras este escribía la fecha en la pizarra, Chris carraspeó, llamando de nuevo su atención:

– Gracias, Robert. Cuando tenga mi mariconada de graduado, yo también seré profesor.

Would it really kill you if we kissed?

No es como en las películas. Él, al principio, parece desconcertado. No empieza a sonar una canción de Elvis, ni tampoco Coldplay; de fondo se siguen oyendo las gentes, los coches: el mundo sigue girando, pero el de ella se ha detenido en ese instante. El corazón decide que es buena idea intentar salir por su boca y ella cree que se atragantara con el aire que respira.

Y es solo un beso. El mundo sigue su curso. Aquellos que los miran al pasar no ven más que eso: dos rostros muy cerca, dos jóvenes con las mejillas sonrosadas: ella de puntillas, él con los brazos aún a su alrededor. Para el resto del mundo, no significa nada, puede que piensen que ya se han dado otros besos, puede que piensen que son un poco tontos por estar ahí parados en la acera, rojos hasta las orejas, sin saber qué decirse.

Pero para ellos lo es todo: en eso consiste un beso, por eso el primero lo cambia todo.

Love is privilege

Miriam estaba enferma.

Ambos llevaban un tiempo negándose a aceptarlo, pero era así. Estaba… cada día más delgada, y más pálida, y un poco más delgada y con ojeras, y el sueldo que Eizer llevaba a casa iba especialmente para sobornar a la casera, pagar el alquiler y comprar medicinas. Los alimentos eran muy caros, y había ciertos establecimientos en los que a los judíos no se les estaba permitido entrar, productos que no tenían derecho a comprar.

Así es como nos matarán a todos, pensaba, haciendo ver que no existimos.

Y estaba enferma porque no podía comer bien. En cambio, las comidas que Eizer realizaba en casa de los König con el resto de los criados eran excelentes y estaban terminando con su aspecto de esqueleto: verduras, queso, carne, pescado, legumbres, yogur… cosas que él ni había podido imaginar que echaría tanto de menos. Cosas que pensaba, no merecía más del resto de los suyos, que comían igual o peor que su hermana.

Por eso, a veces, odiaba a los König y odiaba a Konradin, pero sobre todo se odiaba a sí mismo. Porque cuando Konradin le traía una taza de chocolate, pensaba en todos los labios resecos y agrietados por el frío que no podían soñar ni con olisquear aquel manjar; y cuando Arlette le ofrecía galletas de mantequilla tenía que irse a un lado y llorar en silencio pensando que habían sido las que su madre compraba antes de morir, esas que a Miriam le encantaban.

Los odiaba ¡los odiaba! ¿Por qué Konradin había decidido contratarlo a él y no a otro? ¿por qué tenía él derecho a tener dinero, tener comida y gozar de salud y cariño y el resto no? Muchas veces había pensado que replicaría, que se volvería y contestaría: no, no quiero esa taza de chocolate a no ser que todos los judíos de Alemania reciban una también o bien que gritaría que esas eran las galletas que Miriam no podía comer y lloraría delante de ellos.

Pero siempre agachaba la cabeza, daba las gracias y se dejaba querer.
El amor es un privilegio, y es adictivo.

Eizer iba cada vez menos a visitar a su hermana porque se ponía enfermo solo de ver como estaba, solo de ver lo que Hitler y los suyos, y la gente como Konradin y los König le estaban causando. Prefería quedarse entre aquellos que le sonreían, lo abrazaban y lo trataban con afecto. Se odiaba.

Las manos le temblaron y tuvo que enfrentarse por fin a los ojos de Arlette:
Sí, señora, estaba robando.

I hope that you catch me, cause I’m alredy falling

Cuando había conseguido huir de allí, era consciente ya de que era la última vez que haría ese camino. Tenía poco tiempo, así que tuvo que decidir: lo sentía por la tía Mary, lo sentía muchísimo, pero amaba a Johann. Llevaban un tiempo mal, y ahora que veía tan claro que era culpa suya, no sabía si debía seguir avanzando. Con la mano en el estómago conteniendo una hemorragia imposible, subió las sucias escaleras hasta su apartamento.

Era la última vez que llamaba a aquella puerta, y lo hizo dejando una mancha de sangre en ella. No recordaba qué hora era, ni siquiera lo pensó. Estaba pensando en que, aunque él quisiera verlo, tal vez no debería estar allí. No tenía por qué hacer que Johann soportara verlo, ¿qué culpa tenía él para tener que limpiar su sangre del suelo de su apartamento?

Pero Julien era egoísta.

Se había dado cuenta una noche que había despertado asustado en la cama que compartía con Johann: volvía a soñar que presenciaba la muerte de sus padres y no podía evitarla. Y, a pesar de que su novio dormía plácidamente a su lado, lo había despertado para que lo consolara. Cuando por fin Johann había vuelto a dormirse, él lo había sabido: era egoísta.

Johann no tenía por qué aguantar sus pesadillas, sus heridas, sus idas y venidas, no tenía por qué quererle. Pero lo hace, se decía aquellas noches en que se hacía cortes que se confundirían con heridas de guerra, aquellas en que necesitaba sangrar para saber que estaba vivo. Luego lloraba en silencio, pero Johann terminaba despertándose y abrazándolo, consolándolo por cosas que tal vez ni comprendía.

Pues si tu lo quieres también, deberías librarlo de todo esto. Y se había dicho que lo intentaría, pero no había sido capaz. Sabía que lo mejor que podía hacer era simplemente enviarle un mensaje, y borrar su número —o mantenerlo para no cogerlo cuando lo llamara si lo hacía— y evitarlo el resto de su vida. Pero no había podido. Lo había intentado, pero ninguno de los dos se lo había creído, y todo había terminado en malos ratos estúpidos.

Dicen que es mejor haber amado y haber perdido que no haber amado en absoluto.

Para Julien era cierto: prefería morir ahora que sabía que podía ser amado, que había amado y había sido correspondido. Pero ¿qué quedaría de Johann cuando él se fuera? ¿volvería a poder enamorarse? Cuando por fin el forastero abrió la puerta, Julien estaba muy pálido y lloraba:
Lo siento —musitó, aferrándose al marco de la puerta para no caer— Creo que es muy tarde.