Un mundo en un rincón

Hay sitios que viven y respiran palabras. Hoy he estado en uno de ellos. No puedo revelaros aún su nombre, pero pronto oiréis hablar de él. Es un rincón de la ciudad, como tantos otros, pero estimo injusta tal palabra: no es un rincón, es un mundo.

Precisamente hoy me han dicho que he encontrado mi lugar en el mundo, y tal vez tengan razón. Pero me niego a pensar que es un rincón ¡no se parece nada a un rincón! es más bien una esfera en expansión, como el mismo universo. Si, mi rincón es un mundo en sí mismo; existe un mundo en un rincón, y crece, crece a toda velocidad.

Cada persona que conozco, cada canción nueva que escucho, cada libro que leo, cada poema que me encuentra, cada color que descubro es un mundo ¿cómo iba, pues, a ser mi mundo un rincón?

Gracias, mundo, por expandirte tan rápido. A veces, lo admito, no tengo tiempo de admirar todas las estrellas a mi alrededor, de apreciar todos esos pequeños puntitos brillantes que me cuidan en la distancia, pero sé que están ahí y eso es lo importante.

Hoy, mi mundo se ha hecho un poco más grande. Gracias, casualidad, por traer a mi vida personas que son, viven y respiran palabras; espero que cuando yo me haya ido mis palabras le den la vida a otros, pues somos, vivimos, y respiramos palabras.

Espero leeros a todos pronto.

Con grandísimo cariño,

Charlie

Anuncios

Estimada Carla,

Creo que es hora de que te sinceres un poco contigo misma ¿no? Has leído mil veces esa frase de que primero tienes que estar bien tú, si deseas ayudar a los demás, que no se puede sacar de algo vacío, y sin embargo, te cuidas mucho menos de lo que deberías.

Puedes intuir ya tus límites, sabes lo cansada que puedes llegar a estar si no duermes bien, o que de vez en cuando simplemente necesitas desconectar. A veces, sientes que te regalas a ti misma momentos: detalles con amigos, una llamada, un rato de lectura, un paseo, una merienda en un café agradable, pero sigues siendo la persona con la que eres más exigente, más cruel.

Creo que es hora de que empieces a ver que no pasa nada por no ser perfecta, y que a veces no puedes llegar a todo, ni estar por todos, y que te perdones por ello. De lo contrario, seguirás estando así de cansada.

Pide ayuda cuando la necesites, pero recuerda que gran parte de las veces, la única que puede ayudarte eres tú misma. Tú sabes cuándo puedes aguantar un poco más y cuando tienes que dejarlo estar, cuántas horas has dormido, si has comido bien o no, el tiempo que has pasado dedicándolo enteramente a ti misma, que siempre es poco.

Deja de vivir por los demás porque algún día ellos no estarán, pero tú sí, y no querrás estar vacía cuando eso ocurra.

Cuídate, porque ¿quién puede hacerlo mejor que tú? Esas veces en que piensas que una persona necesita una carta, necesita un momento, necesita una canción, y le dedicas tu tiempo para intentar animarla ¿por qué no le dedicas ni la mitad de ese tiempo cuando se trata de ti?

Has aprendido a decir que no, pero debes decírtelo también a ti misma. Puedes organizarte, puedes cuidarte más, puedes estar mejor, yo sé que puedes, pero depende de ti. Deja de retrasarlo por hacer felices a otros, ellos pueden lograrlo sin ti, pero tú no.

Te necesitas. Es hora de que empieces a estar ahí. El resto del mundo seguirá girando sin ti, te lo prometo.

Con mucho cariño,

Casualidades

Todos, alguna vez, nos hacemos la pregunta: ¿y si…? ¿y si hubiera nacido en otra ciudad? ¿y si hubiera conocido a otras personas? ¿y si hubiera escogido esta universidad, o la otra? Algunas veces, soñamos con las posibilidades, imaginándonos como héroes; otras veces, tememos haber escogido algo distinto a lo que decidimos en su momento, porque eso nos apartaría de la gente que tenemos ahora en nuestro lado.

Pero lo cierto es que no se trata de lo que ocurra, sino de la forma en que lo miras. A veces pasan cosas malas, y el jardín que es tu alma se inunda, y crees que todo lo que eras ha muerto, todo flores ahogadas y brotes secos; pero en los charcos se ve el cielo arriba, y los brotes verdes crecen, fuertes y valientes.

Lo cierto es que la tormenta termina, y puedes pensar que tuviste mala suerte, por haberla sufrido, o creer que has tenido buena suerte, por haberla superado. Y puedes escoger cuidar los nuevos brotes o lamentarte por las flores que se ahogaron.

No, no creo en las casualidades.

Tampoco creo en la suerte: la suerte es poder creer que algo bueno pasará, que otra oportunidad espera a la vuelta de la esquina, y que las flores vuelven a crecer. Y yo me siento muy afortunada ahora mismo. Así que reflexiona, lector, y quédate con todo lo bueno, y sobre todo, sonríe: es la mayor forma de rebelión.

Merecedores

Patroclo nació siendo príncipe, pero nadie, nunca, lo trató como tal. Ni siquiera su padre, ni siquiera su madre. Los otros niños lo trataban con burla y desprecio y un día, defendiéndose, cometió el peor de los delitos al matar a otro chico de su edad. Fue sin dolo, sin mala intención, era un niño pequeño que simplemente se defendía, y al empujar al abusón, éste fue a caer con tan mala fortuna que se golpeó la cabeza con una piedra y falleció al instante.

Por este terrible crimen, Patroclo fue expulsado de su hogar y enviado al de Aquiles, que era todo lo contrario a él: más bonito, más fuerte, más valiente, todo un príncipe, el hijo de una ninfa y un mortal, destinado a la gloria, condenado a convertirse en el mejor guerrero de su generación.

Hoy me estaba preguntando si fue el amor de Aquiles lo que hizo que Patroclo se quisiera a sí mismo. Si fue la forma en que éste lo trataba, con gentileza, con amabilidad, y, sobre todo, como si mereciera ser querido y dichoso, lo que convirtió a un niño triste y desterrado en un joven bueno y valiente, dispuesto a luchar y morir por amor.

Espero que Patroclo se perdonara a sí mismo lo que otros no pudieron perdonarle. Espero que se aceptara, que se amara y, sobre todo, que se creyera merecedor de las cosas buenas que le pasaban.

Incluso el café es más caro que mis cuadros

Habían abierto una nueva galería en la ciudad. Corría a cargo de un tal señor Fray y estaba bastante bien situada. Turistas, críticos, amantes del arte y excursiones escolares terminaban encontrándose allí. Los niños por la mañana, los turistas aprovechando la poca gente que había al mediodía, los críticos a cualquier hora que les conviniera dadas sus apretadas agendas y los amantes del arte cuando la galería estaba a punto de cerrar, convirtiendo entrar allí en toda una aventura.

Ben había entrado, sí, y para él toda una aventura había sido el rotundo ‘no’ cuando había ofrecido exponer sus cuadros. Más que ofrecer, pedir. Y casi pedir de rodillas, suplicando una oportunidad. Después de las negativas, derrotado, había vagabundeado hasta el café más cercano y se había sentado junto a una ventana. Fuera llovía y él se había mojado para llegar hasta allí, el café le pareció caro y no se atrevió a pedir nada para comer, a pesar de que se moría de hambre, porque, madre mía, no quería saber a cuanto estaban las ‘muflings’ o como se llamaran.

Suspiró, mirando la galería desde allí, mientras las gotas del cristal difuminaban las luces de los coches y de las farolas, convirtiéndolo todo en un espectáculo bastante triste.

Allí es donde conoció a Lana. Ella había entrado y preguntado por su nombre en voz alta. La cabeza del joven Holmes se había alzado como un resorte y la había visto allí, con su larga gabardina y sus botas altas, y sujetando el paraguas en una mano y en la otra… las fotocopias de las fotos de sus cuadros, esas que había llevado a la galería como muestra de su obra y que, al parecer, había olvidado allí.

Carraspeó y se levantó, torpemente, para hacer un gesto, como quien decía ‘yo’, ‘yo, lamentablemente, yo’. Y contempló como ella se acercaba, con una sonrisa que no decía nada malo de su aspecto o de sus pinturas. Ben pestañeó:
Gracias -carraspeó. Si era una de las dueñas de la galería, sin duda venía para traerle las fotocopias para que ‘eso’ no estuviera ni cerca de su galería. Pero no. Lana Renfield no tenía que ver con la galería del señor Fray, había pasado por allí, como buena amante del arte que era, y sus cuadros, o más bien, aquellas fotocopias, le habían llamado la atención.

La miró. Estaba esperando que huyera por patas, sí, pero ella no lo hizo. El joven se pasó una mano por los rizos y le hizo un gesto hacia la silla de madera que había ante él:
Por favor -hizo un gesto y suplicó que el dinero le diera para pagarle el café- La invitaré a un café.

A los incomprendidos

Érase una vez chica poco importante. Sí, ya sabéis, una cualquiera, con pequeños detalles que la hacían peculiar. Creció siendo una niña que leía mucho, una a la que le gustaba estar en una casita del árbol formada por solo dos tablas que ella y un gran amigo habían puesto allí, una a la que le gustaba arreglar los diccionarios de la clase y ordenar los libros más que salir al patio, pero una a la que le encantaba jugar.

La niña creció, y así fue como se dio cuenta, pensando mucho, mucho –demasiado–, de que el mundo a su alrededor no era bonito, y de que a veces era profundamente infeliz. Sin embargo, ella seguía teniendo la casa del árbol, libros por leer, diccionarios por arreglar, así que, llena de coraje por las palabras de sus profesores de que encontraría a alguien como ella, siguió adelante.

Y gracias, también, a buenos profesores, empezó a escribir.

Por el camino encontró a muchas personas, todas, en general, la ayudaron a seguir adelante. Algunas la rompieron, otras le echaron una mano con los pedazos, pero todas la hicieron de algún modo más fuerte, y ella aprendió a ser más valiente.

Y a pesar de cómo la mire la gente, como si por no seguir la corriente viniera de otro planeta, como si dijera una locura tal como que la Tierra no es plana, ha encontrado el modo de no mirar atrás, ni a ambos lados, y la fuerza para que le de igual que la miren, o lo que digan de ella, porque su camino está delante de ella, y eso es lo que vale la pena mirar.

Sí, ha tardado tal vez demasiado en aprenderlo. Le costó, como al Principito, abandonar su diminuto planeta, donde ver cientos de puestas de Sol cuando estaba triste, pero de algún modo lo logró y ¿sabéis qué? Tienen razón: por el camino, la gente te ayuda.

Está donde está por la gente a la que ha conocido, y sí, la seguirán mirando, y mirando a sus amigos, y preguntándose de qué se ríen tanto esos locos que bailan sin música; pero ella no podría sino seguir amando artistas, enamorándose de locos: de gente loca por amar, por soñar, por aprender, por viajar, por vivir, de gente cuya locura encaje con la propia.

Y hoy, esa chica quería daros las gracias a todos: a los artistas, a los poetas, a los incomprendidos, a los locos… por seguir adelante, por no dejar que la marea os arrastre, por luchar un poco más cuando estabais exhaustos, por hacer que vea el mundo más bonito al mirarlo a través de vuestros ojos, de vuestras palabras.

Porque esa niña de ya veinte inviernos sabe lo difícil que es ir contracorriente, y que te miren por ser diferente, y que te juzguen sin conocerte, y sabe lo que es querer encajar y sentir que no eres tú.

Pero hoy, y todos los días desde hace ya mucho tiempo, doy gracias a todos esos momentos en los que quise formar parte del rebaño y me negué, por más que todos intentaran que lo hiciera. Y sí, me alegro de haber visto ciertas cosas desde el margen de la página, escribiendo otros mundos para quienes quisieran leerlos, porque si hubiera dejado que la corriente me arrastrara ahora no conocería a quienes tengo el placer de llamar amigos.

Por eso, a todos los incomprendidos, seguid luchando contracorriente, porque no es cierto que nadie os entienda, lo que sí es cierto es que todavía no los habéis encontrado, y cuando por fin lo hagáis, agradeceréis haber llegado hasta aquí, cansados, magullados, juzgados por todos los que no entendían una música que solo vosotros podíais oír.

Por eso, a mis ahora comprendidos, bailemos al son de la música que compartimos.

20151103_125140

Brave like me

Sonríe, jovial, y se deja guiar a su apartamento. Mira alrededor cuando entran y pone cara de aprobación:
Eres un mentiroso, esto está más ordenado que mi piso—protesta, aunque luego sonríe de nuevo y se emborracha de los besos de Miles de camino a la cocina. Cuando vuelve a la realidad, ese piso le parece el más bonito del mundo— Hm… realmente me da igual lo que cenemos —se encoge de hombros— Podemos comer algo sano, para variar nuestras costumbres —bromea, por supuesto.

Con lo poco que se han visto no pueden tener ‘costumbres’, pero en fin:
Oye, voy un momento al baño, no te preocupes, me oriento sola —promete, y desaparece. Deja su bolso en un sillón y encuentra en seguida el baño.

Sucede en el camino de vuelta a la cocina, encuentra en un mueble un papel… ¿del hospital? Parece un informe. Y ella no debería mirarlo, pero lo hace. No sabe mucho de medicina, pero no le hace falta para comprender lo que significan esas palabras, aunque sí que necesita un momento para entender que es real, está pasando: Miles se muere.

Miles. No puede tener muchos años más que ella. No puede estar muriendo. Miles, el chico que se cayó de su silla en la cafetería para recogerle el guante, el chico que la llamó, incluso después de que ella se echara llorar en su primera e improvisada cita, Miles, el chico que bromea para que se ría de sus inseguridades, Miles, el chico que está diciendo algo desde la cocina, pero ella ya no puede oírlo.

Le tiemblan las manos: no está preparada para eso. Acaba de conocerlo, no puede decirle adiós. Miles había hecho que volviera a creer en el amor, y ahora eso parece ir a desvanecerse, como papel mojado. Es consciente de que Miles le está diciendo algo desde la cocina, lo oye a pesar del sopor en que se encuentra:
¡Un segundo! —implora.

Coge su teléfono móvil y se acerca a la puerta de la cocina con éste en el pecho:
Es mi madre, dame diez minutos —sale a la terraza, apoya la espalda contra la pared y se echa a llorar. Tiene una mano contra la boca, y trata por todos los medios de no hacer ruido, pero las lágrimas le mojan ya los dedos temblorosos: Miles se muere, se muere, se muere. Todo lo que ella toca está condenado a morir.

Se encoge en el suelo, las rodillas contra el pecho y llora más de lo que debiera permitirse estando él tan cerca, ajeno a todo. Ahora entiende a que se refería la chica del parque, ahora lo entiende todo. Tiembla, pero decide que en ese momento, tiene que ser valiente, no por ella, por él.

Porque eso va a destrozarla, pero ella seguirá respirando cuando él muera. En cambio, a él puede quedarle poco tiempo, y piensa convertir ese tiempo, el que sea, en el mejor que pueda, piensa hacer cosas inolvidables, todas las locuras que pueda, justo antes de tener que decirle adiós. Y si tiene que sujetarle la mano y ver como se desvanece, lo hará, porque lo estará haciendo por él.

De eso se trata el amor.

Cuando vuelve a la cocina, tiene los ojos rojos y las manos siguen temblándole, pero lo único que dice es:
Hoy sería el cumpleaños de mi abuelo y… mi madre es muy sensible con eso —musita, y se le atragantan las palabras—  Y yo también —y rompe a llorar, y deja que él la consuele por una mentira que no es nada en comparación a la verdad. Se refugia en su cuello y su propio corazón se calma con la constancia del de él. Y piensa, aunque ahora no sea apropiado decirlo: te quiero, Miles Shepard, y siempre te recordaré.

Dos kilos más

Sí, yo me veo gorda.

Sé que muchas chicas se sienten como yo, a veces, sin importar incluso lo que diga la báscula, sino por lo que ven por la calle, lo que ven en televisión, lo que ven en las revistas, lo que te golpea cada vez que miras al mundo y solo ves un montón de chicas delgadas, algunas incluso demasiado, lo que te dice la sociedad que deberías ser.

La idea de ‘nunca juzgues un libro por su portada’ es totalmente inútil en nuestra sociedad, una que les pide a sus trabajadoras que, por favor, se maquillen más para ir al trabajo; una que hace cada vez las tallas más pequeñas, una que no deja de bombardearte con imágenes de chicas que ni siquiera son reales. Ocurre cada vez que miras el cartel de una película, cada vez que te fijas en los anuncios de televisión.

Y puede que penséis que todo eso no puede afectarte, y que en el fondo es una tontería, que puedes simplemente no hacer caso, pero eso se te queda grabado a fuego en la cabeza y cada vez que te miras en el espejo, o que te pruebas algo de ropa, está presente, está ahí, diciéndote que no eres lo suficientemente bonita, porque no te pareces a esas chicas de televisión.

Es mucho más sencillo, hoy en día, que te juzguen por no hacer deporte que por no haber abierto un libro en el último mes. Y no sé si eso me horroriza, me da pena o me da rabia, pero mi opinión no importa, después de todo.

No importa el contenido, y mi portada, me temo, la veo un poco gordita.

Porque creo que sin excepción, todas mis amigas se han sentido así alguna vez, y me atrevería a decir que todas las chicas, no importa cuánto pesen o qué coman, o si hacen más o menos ejercicio, importa como se ven cuando se miran al espejo.

E intento no hacer caso, intento mirarme al espejo y verme bien, y sentirme bien, y salir a la calle con confianza, pero en una sociedad que convierte los cuerpos en objetos y que los usa sin reparos para vendernos productos y servicios, bombardeándonos continuamente así en la publicidad, en el cine, en la televisión, es muy difícil.

Me horroriza mirarme al espejo y que lo que más me preocupe sea si voy bonita. No soy un producto que vender. No soy lo que me pongo, ni soy cuántos kilos peso, o cuántos he perdido. Pero ¿sabéis qué? A pocas personas le importa, y eso es lo que me horroriza.

Que vivamos obsesionados con nuestra portada, que nos hagan creer que lo que hay dentro no le importa a nadie una mierda. Bueno, pues a mí me importa. Así que la próxima vez que me mire el espejo, espero poder sonreír. Y al próximo que me juzgue por mi portada, puede irse perfectamente a la mierda.

Renegados

No tendría que darle vergüenza. André llevaba mintiendo toda su vida, sin ser un gran mentiroso, sin ser un buen actor. A la gente de la seguridad social, a sus antiguos compañeros de clase, a policías, vecinos, aquellos a los que había cometido el error de llamar amigos, al chico que lo miraba desde el espejo.

‘Estoy bien’, ‘no es nada’, ‘mis padres están bien’. Había mentido para conseguir que no se llevaran a su madre a una residencia, a un psiquiátrico, a dónde tuvieran que llevarla. Había mentido para que no lo detuvieran varias veces, aunque siempre había sido en vano. Había huido, había robado. Y muchas de esas veces lo habían terminado pillando. Había sentido manotazos, tirones, golpes, patadas. Había escuchado los insultos, los bufidos: la gente estaba harta de él, incluso aquellos que no lo conocían. Y sentía ese horrible sentimiento: vergüenza. Le trepaba por la garganta, amenazando con estrangularlo, haciendo que tuviera ganas de vomitar, como los personajes en sus cuadros, de rodillas expulsando un líquido negro y pegajoso como el alquitrán por la boca.

Se le encendieron las mejillas cuando Izhan lo apartó, se sintió patético. Nadie lo creía. Nadie confiaba en él. Ni sus nuevos compañeros de equipo, ni tal vez el entrenador, ni, por supuesto, los agentes de la condicional. Ni siquiera la única persona con la que se relaciona por voluntad propia lo tolera.

Porque no tiene dinero. Y porque sin dinero, André no tiene nada que ofrecerle. Ni siquiera una conversación. Piensa en un segundo desesperado que tendría que haber seguido la conversación del principio, haberse tragado la vergüenza y haber dicho: sí, juego; tal vez eso le habría dado a pie a Izhan para contarle algo suyo y así…

“¿Qué haces ahí sentado? Vamos, no tengo todo el día.”

Nada. El momento ha pasado, como pasan todos antes de que pueda atraparlos. Se suelta el cinturón. Todo va demasiado lento, porque él es demasiado lento en reaccionar. Quiere volver a intentarlo, pero cree que no va a soportar que lo aparten. Así que sale del coche y emprende el camino a su apartamento a toda velocidad, con los ojos ardiéndole.

Pero no se permite llorar hasta que llega a casa, donde no puede molestar a nadie salvo al chico del espejo.

Sorpresdía

Estimadas Clara y Desi,

Resulta que llega un punto en que una no espera nada ya. La vida da tantas vueltas, te da tantos golpes, que al final decides dejar de pensar. Los estudios dicen que la gente que se pasa la vida imaginando las cosas buenas que les podrían pasar se decepcionan bastante con la realidad.

Bueno, no fue mi caso.

Me inscribí a psicología porque tenía un dinero extra de una beca, porque pensé que complementaría bien mi carrera y porque de algún modo, sentía que necesitaba un nuevo comienzo. Pero había sido un año duro, así que sinceramente, no esperaba nada de nadie. Dos buenos amigos me ayudaron a llegar a Barcelona en una divertida excursión al alejado campus de psicología, y yo muerta de miedo, me matriculé de mi segunda carrera.

Como mis padres no podían llevarme antes, mi primer día de clase fue el segundo de todos los demás. Y entonces sí que me entró un poco el pánico ¿con quién iba a sentarme? ¿cómo iba a lidiar con un montón de desconocidos? Y, de repente, una chica se sentó a mi lado, me saludó, me preguntó mi nombre y no sé como, ahora es una de mis mejores amigas.

El término es un poco tonto, sí, es un poco vago. Un mejor amigo puede significar cosas distintas para gente distinta, pero hoy tengo motivos para ponerme así.

Resulta que esa chica no venía sola, sino en pack con una de las chicas más fuertes que he conocido en mi vida. Resulta que Clara también escribe y que Desi puede con todo, con todo lo que le pongas por delante. Resulta que accedieron a venir a un concierto conmigo apenas sin conocerme. Resulta que gracias a ellas, volví a sonreír. Y por algún extraño motivo, me aguantan, me miman, cuentan conmigo, se acuerdan de mí, pretenden recorrer bastantes kilometros por mí y espero que otros muchos más conmigo.

En realidad, hoy es mi Sorpresdía, ese momento en el que te das cuenta de lo mucho que alguien puede hacer por ti y de que los amigos siempre pueden sorprenderte y sobre todo, siempre, siempre pueden arrancarte una sonrisa, provocarte un infarto, hacerte saltar de la silla, hacerte ser mejor persona, hacerte sacar lo mejor de ti.

Os he advertido que me iba a poner cursi, pero joder, os quiero chicas.

Atentamente,

Carla